Colaboración¿A quién molesta tanta población?
Recuerdo hace unos quince años que cuando obtuve mi visado para residir en Guatemala me hicieron jurar por escrito en Migración que no tenía antepasados de raza negra ni amarilla. Cumplir con ese requisito legal ya no es indispensable para obtener la visa de residencia, pero ahora me doy cuenta de otra dolorosa realidad: que hay guatemaltecos a quienes les molesta que vengan al mundo otros guatemaltecos, indeseables quizá por su falta de educación o su pobreza.
Al menos así lo da a entender la reciente Ley de Desarrollo con la cual el Gobierno de Guatemala tendrá a partir de ahora una política que promueva la educación que disminuya los nacimientos de más guatemaltecos.
Ciertamente un grupo numeroso de humildes familias en unos sencillos cuartuchos y casas de cartón y lámina hacen mucho ruido, arrojan basura a la calle, van mal vestidos, quizá sucios, y son un molesto recordatorio de las injusticias sociales en Guatemala.
Pero la pobreza de esa mayoría no justifica que una minoría privilegiada de guatemaltecos (que en proporción cada año será menor porque traen en promedio sólo dos o tres niños al mundo en comparación con los pobres que los duplican o triplican en hijos), promueva impartirles educación sexual bajo el pretexto de ?que tienen el derecho de disfrutar de una vida sexual que no dañe su salud reproductiva?.
Lo que se deduce de esa confusa terminología es un antinatalismo tan o más dañino como lo es el racismo o cualquier otra discriminación, que a la corta quizá mejorará estéticamente las calles, pues veremos menos pobres, pero a la larga acentuará egoísmos e incomprensión en las personas, y habrá menos solidaridad con los demás.
Basta ver a nuestro vecino el Estado de Chiapas, en México, que por su composición étnica, por su geografía y extensión territorial, por su arqueología e historia colonial es como un hermano gemelo de Guatemala. La única diferencia es el tamaño de su población, la cual es de sólo tres millones de habitantes, la cuarta parte de la de Guatemala.
Hace muchos años, durante mi adolescencia viví un tiempo con una extraordinaria familia estadounidense en una granja de las grandes praderas de Estados Unidos.
Tenía ese matrimonio 16 hijos nacidos de un mismo padre y una misma madre. Conmigo, 17, pues me trataron como un hijo más. No recuerdo momentos de aburrimiento, a pesar de que no teníamos televisión.
Vivíamos en habitaciones estrechas, donde admiré la dignidad con que esa familia vivía la pobreza, pues éramos los más pobres del pueblo, pero a la vez su alegría y amistad, su generosidad y laboriosidad, una escuela para la vida.