COLABORACIONAl borde de la vida

JORGE RAMOS AVALOS

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El Temazcal es el baño sauna de los mayas. Pero más allá de limpiar las toxinas del cuerpo, te avienta a una aventura del alma totalmente inesperada; al menos para un primerizo como yo. Los mayas acostumbraban sanarse (por dentro y por fuera) con el ritual del temazcal. Primero saludaban los cuatro puntos cardinales -que representan las etapa de la vida y estaciones del año: niñez/primavera; adolescencia/verano, madurez/otoño y sabiduría/invierno- y se hacían una limpia con humo vegetal.

Luego se internaban en un recinto cavernoso calentado por piedras volcánicas para sudar sus enfermedades, limpiar la piel y enfrentar sus miedos.

?Es como regresar al vientre materno?, nos dijo Nancy, la guía. El ayudante de Nancy, un indígena maya llamado extrañamente Secreto, alimentaba madera al fuego de un horno donde las piedras volcánicas se ponían al rojo vivo. Siguiendo el ritual maya, pasamos del este al sur y del oeste al norte envueltos en un humo aromatizante. Luego, bajamos los tres escalones al interior del temazcal, construido en forma de pirámide. Nos sentamos sobre unos tapetes de petate los que a su vez descansaban sobre la arena tibia y talcosa. Y así comenzó el viaje a la oscuridad.

Secreto empezó a traer las piedras incandescentes a un hoyo en la base de la pirámide y cuando el montón de lava petrificada ?y ahora renacida por el fuego- sobrepasó la superficie, Nancy le ordenó que cerrara la puerta por fuera. El azotón me hizo saltar el pecho. Dentro, nuestras sombras bailaban al son de los tenues reflejos rojos, naranjas y amarillos de las piedras calientes.

?Ahora van a empezar a sudar?, nos advirtió una voz ronca; era la de Nancy que se había transformado en nuestra chamana. ?Traten de relajarse; si no aguantan el calor, bajen la cabeza al nivel del piso?. Fue entonces que soltó el primer balde de agua contra las piedras. ¡Shhhhhhhh! Estas se quejaron con un ruido que pedía silencio y después soltaron un olor a yerbabuena. Vino otro baldazo más. Nos hizo toser. Este otro humo blanco venía envuelto de eucalipto.

Nancy intercalaba los distintos tés de hierbas medicinales con cantos e instrucciones muy precisas. ?Limpien su nariz?Usen los baldes de coco seco para sacar el agua de la olla de barro y refrescarse? Identifiquen sus miedos y enfréntelos? No se paren?.

Tras media hora de copioso sudor, el suplicio paró. Se abrió la puerta, entró Secreto con más piedras y luego nos advirtió: ?ahora sí se va a poner caliente?. Creía que no podía resistir más. ¡Shhhhhhhh! ¡Shhhhhhh! gritaban las piedras ante la nueva infusión de agua y hierbas. Empecé a alucinar. Vi figuras de un perro y un lobo en las piedras al rojo vivo. ?Lealtad y liderazgo?, concluyó Nancy. Otros vieron ardillas, peces, serpientes y hasta dragones. Cada rasgo tenía su explicación: era un viaje dentro de nosotros mismos.

El agua siguió cayendo hasta que las piedras perdieron su luz. La oscuridad era total. ?Así es el mundo de los ciegos?, dijo Nancy. El calor era insoportable. Lo único que quería hacer era salir corriendo. Sentía una combinación de angustia y miedo; oía claramente los latidos de mi corazón, rasposo, acelerado y adolorido. Un pedazo de sandía y la aplicación de un lodo rico en minerales por todo mi cuerpo me hizo olvidar momentáneamente mis temores.

Por fin, como boleto de salida, la sanadora nos exigió un grito largo y tendido. Lo que salió fue un aullido desgarrador desde las entrañas. Y nos dejó salir. Caminé, casi como zombie, hacia el mar y me quedé flotando boca abajo unos segundos. Una experiencia muy dura, gruesísima. No es para todos y casi no fue para mí.

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