COLABORACIONBuscando el Norte
Cubilhuitz, al norte de Cobán: es día de mercado y me detengo a comprar un refresco. Hay muchos niños y adultos jóvenes, la mayoría habla kekchí. Un vendedor, de 29 años de edad, me presenta a sus 7 hijos, el mayor casi adolescente. Este hombre ya ha trabajado en la Costa Sur, en Petén y en Estados Unidos. Al oírlo hablar demuestra que tiene la experiencia de un viejo.
Pero curiosamente, alrededor no veo a ningún anciano. ¿Dónde están los viejos? En la Capital hay hospitales públicos que atienden emergencias, y muchas farmacias, por lo que mucha gente vive más de 58 años de edad, la media nacional.
Pero, ¿en el campo? Ay, atrás dejo Cubilhuitz y a su juventud, y sigo conduciendo por la carretera de Cobán a Chisec. Está asfaltada, pero es estrecha, sin carriles auxiliares, y paso con precaución frente al lugar donde hace un año fui víctima de un accidente a causa de un conductor irresponsable que estacionó mal su camión, en curva y en bajada.
En Chisec dos muchachos me guían a las lagunas azules de Sepalau y caminamos largo rato dentro de un silencioso bosque. De regreso me piden que los lleve en mi automóvil porque dicen que hasta ahora sólo se han transportado en pick up, de pie.
Bien sentados los llevo a su aldea, y los dejo a propósito frente a unas quinceañeras, que caminan con cántaros sobre la cabeza, rígidas y serias, como columnas de un templo griego. Mis guías parecen dos príncipes azules que se han bajado de un carruaje, al menos eso es lo que desde mi retrovisor veo en el rostro de las adolescentes.
Ya en la Transversal del Norte, me detengo en las Cuevas de Candelaria. Frente a las cuevas vive un agricultor que vino de Jutiapa hace más de veinte años, es cejijunto, usa bigote, botas y sombrero, es el clásico retrato de un oriental mal encarado. Tiene una hija muy linda, y según me dijeron los trabajadores de la recién asfaltada carretera, le sonríe a los jóvenes, pero ninguno corresponde a sus saludos, al menos no enfrente de su padre.
Termina el asfalto en Raxhujá. Los constructores de la carretera dicen que el Gobierno no les ha pagado y por eso han suspendido los trabajos, y pienso en el dicho de que los países progresan con buenas carreteras. Continúo el viaje hacia Petén, no a vuelta de rueda, pero sí despacio. En invierno el lodo provoca atascos y atrasos, y en otros viajes ya he tenido que dormir en un mesón; pero ahora afortunadamente no llueve.
En el límite fronterizo entre Alta Verapaz y Petén hay una talanquera, cerrada. Un policía, el primero que veo en cincuenta kilómetros a la redonda, ayuda a fumigar el vehículo. No se aburre porque el miedo le hace compañía. Me dice que más adelante comienza de nuevo el asfalto, pero que viaje con precaución porque en Las Pozas linchan, y que si allí tengo un accidente, huya. El consejo no me gusta para nada, y aunque son pocos kilómetros hasta Sayaxché, siento largo el viaje.
Desde el vehículo veo muchas ceibas, me gustan. Desde lo alto de Sayaxché el río La Pasión se ve hermoso, tiene 200 metros de ancho y la corriente es fuerte. Junto al ferry un perro nada con mucha fuerza. Le digo al lanchero que le ayudemos, que se estará ahogando. Con una sonrisa maliciosa me contesta que allí los perros son nadadores, y que atraviesan el río a cada rato, por hambre o para buscar novia. Efectivamente, poco después lo veo en tierra firme, erguido como un dandy.
Anochece y el camino de tierra hasta Flores se me hace más largo aún porque no tiene mantenimiento. Al fin concluyo mi viaje, y el domingo voy a misa a la Catedral. El obispo lee la parábola del hijo pródigo que cogió malos caminos en la vida. Y como nadie mejor que los del Norte saben lo que es viajar por malos caminos, su homilía es brevísima.