COLABORACIONLa gente de Kaminal
Muchas veces recorremos las principales calzadas y avenidas de las zonas 7 y 11 de la capital, sus principales centros comerciales y colonias residenciales, sin darnos cuenta de que miles de años atrás, esos mismos lugares ya fueron habitados por pueblos antiguos que al igual que nosotros, también vivieron momentos felices y tristes.
Esto puede verse en el nuevo Museo Miraflores, donde se exhiben utensilios prehispánicos de la vida doméstica y religiosa del área, cerámicas y bajorelieves en piedra de personajes que muestran sus costumbres, igual que un enterramiento encontrado junto al Anillo Periférico, justo debajo de donde ahora se ha construido la tienda Kalea.
Kaminal Juyú se construyó junto al lago Miraflores, que, se presume, era grande y parte de él estaría debajo del actual edificio de Tikal Futura.
El lago, ahora desaparecido, era el principal atractivo, y se han descubierto canales de agua que sirvieron para irrigar y cultivar la tierra.
Según escribió Fuentes y Guzmán en su Recordación Florida de 1697, debió ser numerosa la gente que vivió en Kaminal, por su variedad de sitios religiosos y sus ídolos, por lo dilatado de sus campos, sus calzadas y monumentos.
Los arqueólogos calculan que en sus inicios, alrededor de 750 A.C., habitaban Kaminal unas 6 mil personas, y que en su apogeo vivieron 40 mil habitantes.
Las fotografías de mediados de la década de 1940, tomadas por el arqueólogo Edwin Shook, muestran un pequeño cerro a modo de pirámide frente al lugar que ahora ocupa el Hospital Roosevelt. Ese vestigio, igual que muchos otros, han desaparecido por el concreto y el asfalto.
Según la maqueta exhibida en el Museo Miraflores, lo que se preserva de Kaminal es menos de un diez por ciento de su extensión total.
Las excavaciones y estudios que los arqueólogos han realizado en los últimos diez años en el área de Miraflores, necesarias para que los propietarios de esos terrenos pudieran urbanizarlos, muestran que la gente que pobló Kaminal Juyú vivió en una encrucijada de caminos, que por siglos hicieron de esta ciudad el centro comercial de Mesoamérica. Una coincidencia con los tiempos actuales.
Ese ir y venir a las regiones vecinas para comerciar jade, obsidiana, cerámica, plumas, ocote y basalto permitió, además del comercio, la difusión de su cultura, su escritura, y un lenguaje, el chol, en lugares distantes como El Salvador, la Costa Sur de Guatemala, Chiapas y el valle del Motagua.
Vino el declive, la próspera ciudad sufrió invasiones, pero quizá fue el manejo inadecuado de los recursos naturales, la explotación desmesurada del agua del lago, la tala de árboles, los que acabaron con su prosperidad.
Esta historia, exhibida en el nuevo Museo Miraflores, debería servirnos a los actuales habitantes de ese mismo valle, para no repetir los mismos errores, y proteger los recursos naturales, en especial el agua para beber, que hoy en día, si se compra embotellada, es más cara que la gasolina.