ColaboraciónLa “zona cero”

JORGE RAMOS AVALOS

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Es peor que la guerra. No lo vi en las montañas de El Salvador ni en Kuwait o en Kosovo. La muerte, sí, fue parte de todos esos conflictos bélicos que me ha tocado cubrir como corresponsal de guerra. Pero nunca había estado en un lugar donde se hubiera concentrado tanta destrucción.

Son dos cuadras bombardeadas, incendiadas, cubiertas por una ceniza sólo parecida a la que vi tras la erupción del volcán Chichonal en México a principios de los 80. Pero aquí no ha hecho erupción ningún volcán. Dos aviones de pasajeros, convertidos en proyectiles, destruyeron en unos minutos los dos edificios más altos del centro financiero del mundo. Y entre las ruinas de lo que fueron las torres gemelas del World Trade Center de Nueva York están escondidos los restos de por lo menos cinco mil personas.

Le llaman la ?zona cero? o ?ground cero?, en inglés. Es el preciso lugar donde se cayeron las torres. Me pude colar a la ?zona cero? poco después del ataque terrorista una noche cuando la vigilancia aún era pobre y no habían llegado a la isla de Manhattan los refuerzos del ejército, la guardia nacional y policías de todos los rincones del país.

Esperaba ver cuerpos esparcidos por todos lados. Pero no vi uno solo.

“¿Dónde están los muertos??, le pregunté retóricamente al camarógrafo que me acompañaba. No me contestó. Estábamos los dos sorprendidos de las dimensiones de la tragedia. Medio millón de toneladas ardía frente a nuestros ojos, enrojecidos por el miedo y por las blancas partículas de asbesto que se clavaban como alfileres en la retina. ?No veo ningún cadáver?, le dije a Angel Matos, quien me ha acompañado a los lugares más sangrientos del mundo. Hasta que de pronto nos dimos cuenta de lo que estaba pasando y la piel se me erizó.

Los muertos estaban ahí, pero no los podía ver. Los respiraba, pero no los podía ver. Los olía, dulzones y punzantes, pero no los podía ver. Los pisaba, pero no los podía ver. Los muertos estaban por todos lados, pulverizados, calcinados, en pedacitos. No vi una mano o un dedo. No vi ni una cara. Pero los muertos estaban ahí. Se metían a mis pulmones, se pegaban a mi ropa, se enredaban en mi pelo, hasta que me rodearon. Viajaban en el aire. Eran polvo que revoloteaba con la fría brisa del mar y que brincaba con las palas y picos de los socorristas.

No me resistí. Cerré los ojos y dejé que los muertos me abrazaran.

Algunas estructuras metálicas, dobladas, heridas, sugerían que ahí, durante casi 30 años, estuvieron parados y de la mano los gigantes del World Trade Center. Pero no pudieron aguantar dos trancazos que les quebraron la columna vertebral. Y se vinieron abajo tal y como planearon arquitectos e ingenieros. Si estas torres se caen algún día, pensaron quienes construyeron las torres gemelas, que lo hagan sin derribar los edificios que las rodean. Y así fue. Es decir, la tragedia pudo haber sido mucho peor.

Me alejé, pero los gigantes gemían. Echaban humo por sus mil bocas de cemento. Tronaban por dentro. Agonizaban. Las calles que rodeaban la ?zona cero? estaban desiertas. Una tienda de flores tenía copos de cenizas sobre las rosas y claveles. El estanquillo de diarios, vacío, aún tenía columnas enteras de periódicos sin leer del martes 11 de septiembre del 2001. Un auto que alguna vez fue azul -cubierto por una mole de piedras que unía al techo con el volante tenía todavía marcando en las luces direccionales una vuelta a la izquierda que nunca pudo dar; a su conductor no le dio tiempo de escapar. Y los policías, atónitos por la magnitud de la tragedia, me dejaron salir de la ?zona cero? sin una pregunta. Le busqué la mirada a uno de ellos, pero la tenía clavada en el vacío.

Llegué al cuarto de hotel a las tres de la madrugada. Me escurrí en la regadera y, luego, con una toalla mojada y jabón, fui arrancando el polvo de los muertos. Caí en la cama, limpio, destruido. Apagué la luz, respiré profundo y los volví a oler. Ellos, los que cayeron en las torres gemelas, seguían dentro de mí.

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