SIN FRONTERAS
Colas invisibles
Solo, migrante, solo. Estás solo. No tienes compañía, no logras empatía. Íngrimo y solitario. Sábelo, procésalo y enfréntalo. Faltan tus aliados, escasean los comprometidos. Tu causa se trilla a pasos agigantados, y tus espacios de incidencia están lejos de existir. A veces hablan de ti, y te mencionan en discursos. Pero tu voz no se escucha, tu pena no se alivia. Ni siquiera esas penas que son sencillas de calmar. Ese pesar, imaginado, de lejos, se ve normal. Enfrentas problemas que a distancia nos son inconcebibles. Pero vives en otro lugar. Eres fácil de ignorar. Solo, migrante, tu país te ha dejado solo. Solo para enfrentar la vida como siempre. Con ti mismo y con tu labor, como único recurso. A la mano de tu dios y de rodillas; con tu fe, y a la suerte del destino.
Formas, con tu gente, colas invisibles. Mira, para ilustrarte, lo que sucedió esta semana. Un país, indignado —como justo era— porque en Migración, esa oficina de gobierno, tardan largas horas los capitalinos en obtener su libreta de pasaporte. ¿Horas? Te preguntarás admirado y anonadado. Sí, horas. Aquí en la capital es en horas que se obtiene la libreta. Y es que los capitalinos, en nuestros problemas, tenemos una fortuna: formamos colas con color y figura. Colas visibles que hicieron trascender el shuco negocio alrededor de los turnos de atención. Por ello, los medios de comunicación se movilizaron. Noticias y editoriales. Críticas e investigación. ¡Las redes estallaron! Se enviaron corresponsales. Migración acorralada. Los tramitadores se replegaron y se anuncia la apertura de nuevos módulos de atención. Indignado, el país, exige soluciones. Pero esa estupenda labor de presión no se replica en tu estado. Allá, en Oregon, en Monterrey o Nueva York, donde tu pasaporte tarda meses en llegar, si es que acaso llega. Allá, en este noviembre apenas entregan las libretas que sacrificadamente fueron solicitadas atrás, en junio. Meses. No horas. Meses para obtener esa libreta indispensable para evitar deportación, para solicitar trabajo o acogerse a un asilo. No solo para viajar. Para vivir, esencialmente.
Te confieso, sincero, que desearía que la prensa del país invirtiera más en tu atención. Pero te sucede —creo— lo de los árboles, cuando —años atrás— se empezó a hablar sobre el cambio del clima. Abunda un cinismo que quizás ve tus causas como insulsas. Un tanto repetitivas. Un poco faltas de sabor. ¿De qué otra forma te explicas la poca bulla sobre lo que sucede en este momento alrededor del consejo Conamigua? Una discusión principal recae sobre la continuidad o cierre de tu único ente, que por años ha usado tu nombre, sin que obtengas beneficio alguno. Pero difícil te será encontrar argumentos de políticos al respecto; y los editoriales verás que escasean sobre el asunto. Para mientras, los diputados, esos señores en quienes tan poco se confía, deciden en tu nombre, sin observación o fiscalización alguna. ¿Qué pretenden? ¿Será que ayudarte genuinamente, o acaso aprovechar espacios para la próxima elección? ¿Transar en el negocio multimillonario de los documentos de identidad? ¿Qué es lo que pretenden?
Para cuando Trump entró en tu vida, nuestro gobierno lanzó un hashtag, una etiqueta virtual: #NoEstánSolos, dijeron con propósito disimulador. Ojalá fuera tan solo esto un poco cierto. Y que fuera exagerado tu sentimiento de abandono. Ojalá vieras en un futuro iniciar el interés por tu perspectiva desde el extranjero. ¿Qué tal iniciar con enviar un corresponsal a cubrir un evento interesante de Consulado Móvil? Ahh, tantas historias interesantes que saldrían a luz. Historias que darían forma y figura a las colas invisibles.
@pepsol