Imagen es percepción
250 años de ideas y sueños
Estados Unidos celebra una idea que ha resistido guerras, crisis económicas, terrorismo y divisiones durante dos siglos y medio.
Las naciones suelen nacer de la geografía, de la sangre o de una corona. Estados Unidos nació de una idea. Los derechos del ser humano provienen del Creador y no del gobernante. Aquella afirmación, proclamada el 4 de julio de 1776, invirtió la lógica de su época, por primera vez, un pueblo declaraba que la libertad no era una concesión del trono, sino una condición anterior a cualquier gobierno. Pero si esa idea explica su nacimiento, no explica por sí sola su permanencia. Lo que distingue a esta república es lo que ha tenido que atravesar para llegar a este aniversario.
Las naciones no perduran por la ausencia de crisis, sino por la fortaleza de los principios que las sostienen.
Apenas 85 años después de fundarse, el país se partió en dos. La Guerra Civil puso a prueba si una nación concebida en libertad podía sobrevivir a su propia contradicción, la esclavitud. Sobrevivió, y de esa herida salió una unión más fuerte. En el siglo XX cruzó dos veces el Atlántico para pelear guerras que no habían comenzado en su territorio, y entre ambas soportó la Gran Depresión, un colapso económico que dejó a uno de cada cuatro trabajadores sin empleo y que habría quebrado a democracias menos sólidas. De aquellas dos guerras no solo salió victorioso; salió convertido en arquitecto de un nuevo orden mundial y reconstruyó Europa, incluidos sus propios enemigos.
Luego vinieron cuatro décadas de Guerra Fría bajo la amenaza nuclear y, ya en este siglo, el golpe del 11 de septiembre. En cada una de esas horas oscuras, la nación encontró la fuerza para corregirse apelando a sus propios ideales. La abolición, el voto femenino y los derechos civiles no se conquistaron contra los principios fundadores, sino en su nombre.
De esas pruebas superadas nació, además, una influencia que ningún ejército habría podido imponer. Hollywood no exportó películas, sino exportó una manera de entender el éxito, la familia y la libertad. Millones de personas aprendieron inglés sin proponérselo, vistieron como sus actores favoritos, tararearon su música y terminaron imaginando el futuro con imágenes producidas en California, incluidos nosotros. Ninguna flota logró lo que una pantalla consiguió: volver deseable un modo de vida.
Hoy esa influencia enfrenta nuevos desafíos. China compite por el liderazgo tecnológico, Rusia desafía el equilibrio estratégico y el mundo parece avanzar hacia un orden mucho más fragmentado. Al mismo tiempo, dentro de Estados Unidos continúa una intensa discusión sobre su identidad. ¿Debe seguir siendo la nación construida sobre los valores de sus fundadores o reinventarse a partir de nuevas visiones culturales y políticas?
Donald Trump ha convertido esa discusión en parte de su proyecto político. Las celebraciones del 250 aniversario, impulsadas desde la Casa Blanca, no buscan únicamente recordar una fecha histórica. También intentan rescatar una narrativa que reivindica la fe, el patriotismo y el orgullo nacional como pilares de la República. Sus simpatizantes consideran que representan un regreso a los fundamentos sobre los que nació el país; sus críticos creen que idealizan un pasado mucho más complejo. Ese debate, más que los desfiles o los fuegos artificiales, refleja el verdadero significado de este aniversario.
Quizá el mayor legado de Estados Unidos haya sido lograr que millones de personas, en todos los continentes, soñaran con vivir como un estadounidenses. Ningún imperio había ejercido antes una influencia tan profunda sobre la forma de pensar, de consumir, de crear y hasta de imaginar el futuro. A los 250 años de su independencia, la pregunta no es si Estados Unidos seguirá siendo la primera potencia, sino si alguna otra nación podría llegar a influir alguna vez tanto en la humanidad.