Aleph

Abrirle puertas a las niñas

Carolina Escobar Sarti cescobarsarti@gmail.com

Las 56 niñas y adolescentes fueron colocadas en un aula de 7 x 6.8 metros, donde no había ni siquiera un baño. Los niños y adolescentes hombres, en un auditorio. Luego de las 7 am del 8 de marzo del 2017, después del desayuno que comieron entre orines que corrían debajo de la puerta, ellas pedían salir al baño, bañarse, cubrirse por el frío. La tensión crecía entre ellas y quienes estaban afuera. Entonces, supuestamente, una de ellas encendió una colchoneta con el fin de que les abrieran la puerta y las dejaran salir. Nadie la abrió. Nadie. Nueve minutos y muchos gritos de auxilio después, 41 estaban muertas. 15 sobrevivieron. Los bomberos solo pudieron entrar 40 minutos después.

Un día antes, el 7 de marzo, un grupo de adolescentes (mujeres y hombres) habían intentado abandonar el albergue de protección del Estado llamado Hogar Seguro Virgen de la Asunción. Comenzaron por subirse a los techos, a gritar, a protestar por una infinidad de motivos que se habían hecho públicos muchas veces antes. Esa tarde, el grupo abandonó (con ayuda del personal que entonces sí les abrió la puerta) las instalaciones donde supuestamente estaban todas y todos resguardados. Muchas horas después, con el apoyo de la Policía Nacional Civil, varios fueron devueltos al Hogar Virgen de la Asunción. Fue entonces cuando las pusieron a ellas en el aula y a ellos en el auditorio.

Para mí, sin embargo, el fuego había consumido desde hace mucho sus vidas, las de sus madres y padres, las de muchas generaciones de niñas, niños y adolescentes (NNA) que no encuentran en Guatemala la dignidad, la protección, y el cuidado que todo ser humano merece desde su infancia y adolescencia. Hay generaciones de personas que nacen en Guatemala solo para pasar del útero a la tumba, sin siquiera saber escribir su nombre, sin saber el nombre de las estrellas o tener agua potable en sus viviendas.

Para las niñas, especialmente, las puertas de este país han estado cerradas con candado, por generaciones. Entre los desnutridos menores de 5 años, ellas son las más desnutridas; entre las personas analfabetas, la mayoría son mujeres indígenas; entre los NNA maltratados cuyas denuncias se han recibido en instancias estatales, las más maltratadas son ellas, con una proporción de 6 de cada 10. Sus cuerpos son los más encerrados, abusados, prohibidos, silenciados o violados y los que, obviamente, quedan embarazados a la fuerza tantas veces: en el 2018, según el Osar, se contaron 116 mil 773 embarazos en niñas y adolescentes entre 10-19 años. En el 2017 la cifra fue de 93 mil. ¿Cuándo libros en sus brazos en lugar de bebés? Eso cambiaría las generaciones, una por una.

Hay que abrirle las puertas a las niñas y adolescentes de Guatemala para que salgan del silencio y de los espacios pequeños que las ahogan, de los abusos cotidianos que padecen, de la violencia sexual normalizada en sus cuerpos. Tenemos que abrirle las puertas a las niñas y adolescentes para que abandonen las violencias físicas, emocionales, mentales, económicas y simbólicas que padecen en sus vidas. Tenemos que abrirles las puertas para que se encuentren a sí mismas luego de acceder a la educación, la salud, la justicia, el bienestar y la vida. Hay que sacar a tantas del infierno.

El entorno es destino, al menos en Guatemala, donde carecemos de Estado y de oportunidades de desarrollo. Aquí el infierno tiene piso de barro y paredes de “nylon”, desagües a flor de tierra y techo de lámina. Aquí el infierno sabe a miseria y a tripa con hambre, tiene aliento a alcohol y pesa sobre el cuerpo prisionero de las niñas. La deuda del Estado guatemalteco con ellas es histórica, y lo menos que podemos hacer, tanto desde la sociedad política como desde la sociedad civil, es abrir esas puertas para que no sigan muriendo. #NoLasOlvidamos