Sin fronteras

Agexport y las tiendas migrantes

Pedro Pablo Solares@pepsol

Tengo la impresión de que Guatemala aún no ha explotado plenamente la inmensa oportunidad de exportar productos de consumo nostálgico a sus comunidades en Estados Unidos. Y tengo la impresión también de que aún nos falta conocer a cabalidad a esos clientes potenciales en el extranjero. Dos cosas a saber: lo que un producto de consumo nostálgico significa en la vida de un migrante, y lo que la tienda de barrio, atendida por su pariente o paisano, significa para él. No es difícil imaginar que puedan añorar una chuchería de marca nacional cuando están lejos de casa. Eso, quizás, todos lo comprendemos. Pero también ha de comprenderse que el migrante no añora únicamente los productos que son exclusivos de Guatemala, como lo puede ser por ejemplo, un jabón de coche. En lo que he tenido oportunidad de presenciar, el migrante guatemalteco añora también los envases y presentaciones que consumían en su país, aunque esos productos también se produzcan donde viven con otra presentación.

Un ejemplo asombroso de eso lo viví cuando entré por primera vez a una tienda guatemalteca en Florida. Claro que vi una variedad de productos nacionales allí. Pero lo que impactó en realidad fue ver que entre esos múltiples productos que son exclusivos nuestros, vendían también, importadas desde Guatemala, aguas gaseosas. Gaseosas de marcas globales que, no solo se venden en cualquier lugar de EE. UU., sino que además, se venden a precios más bajos. “La de aquí no es lo mismo” me explicó sonriente el astuto dueño de la tienda. “Al paisano le gusta sentir la botella de vidrio, pues así eran las que tomaba de niño en Guatemala”. En el mercado migrante hay leyes económicas que parecen romperse. El precio, por ejemplo, no es siempre determinante.

Una vez, en Carolina del Norte, platicaba con el dueño de otra tienda guatemalteca, un señor de San Rafael La Independencia. A menos de dos cuadras, había otro almacén que le sobrepasaba en tamaño. Pero después de varias horas de estar allí, noté que el público guatemalteco solo iba a la tienda del paisano. De hecho, hacían cola, mientras el otro lugar tenía clientela internacional. Ninguno de los guatemaltecos parecía preferir el otro almacén. “Los paisanos me buscan, pues sienten confianza” me dijo el amigo tendero. “Yo podría subirle 10 centavos de dólar a cada transacción, que ninguno se iría a la otra tienda”. Y de hecho, el amigo tenía razón. En el otro lugar, el precio por remesa estaba unos centavos más bajo. Esto puede ser incomprensible para los empresarios nacionales, que dejan de observar aspectos sociales que se mezclan con el comercio. Uno, aquí en casa, escoge la tienda que venda menos caro. Pero allá, en el país donde se vive a un suspiro de una deportación, la tienda de confianza es la única opción. La lógica se invierte.

En la geografía estadounidense, la población guatemalteca ha formado mapas nuevos. Lo que antes eran comunidades solo de ciudades grandes —Los Ángeles, Chicago, Houston y Nueva York—, es ahora una población que ha crecido a más de 30 estados. En ellos, calculo que hay por lo menos 350 micropoblados, especialmente en el territorio rural, cada uno, con tiendas locales. Con el reciente cambio directivo en la Agexport, comparto esta visión que puede ser de beneficio. Sería útil desarrollar un programa para unir comerciantes nacionales con esos puntos de venta. Y formalizar un mapa que facilite la comunicación en ambas vías. El migrante, que trabaja en una enorme economía, es un cliente atractivo. En 10 años, las remesas familiares se han multiplicado casi 10 veces. Y si eso es lo que envían a sus familiares ¿cuánto será lo que consumen para su diario sustento?