Con otra mirada

Algo sobre Conservación

José María Magaña Juárez jmmaganajuarez@gmail.com

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La conservación, contrario a lo que podría pensarse, es una actividad que practicamos todo el tiempo en una amplia gama de aspectos: desde los recuerdos, objetos y bienes de quienes nos han antecedido hasta las costumbres, comidas tradicionales y las historias que escuchamos cientos de veces. Está implícita en los bienes culturales, incluyendo la arquitectura, que como sabemos es reflejo de la historia de la humanidad y fuente de identidad del pueblo que la produjo.

Como especialización, es una tarea multidisciplinaria que requiere de conceptos claros que permitan conjugar la mano de obra con la ciencia y la capacidad artística con la sensibilidad histórica, aspectos que no pueden provenir más que de una sólida formación cultural. Sin embargo, antes de intervenir un bien cultural, primero es indispensable conocerlo, lo que nos permitirá apreciarlo, para luego poder hablar de su conservación. Es necesario, entonces, definir esos conceptos.

Hay términos que no significan lo mismo en cada idioma, por lo que fue necesario hacer convenios a fin de comunicarnos y tener certeza de lo que se transmite. En los idiomas derivados del latín se usa la palabra restaurar, en tanto que en los idiomas anglosajones se usa conservar. La palabra monumento, en cambio, en ambos mundos tiene un significado de amplio espectro.

En inglés, conservar es un término más amplio que restaurar, que viene a ser un aspecto especializado de la conservación. El consenso ha sido usar ambos términos como sinónimos, dentro de los que cabe un sinfín de acciones que pueden aplicarse con el objeto de salvaguardar la integridad del bien que se trabaja.

Los bienes culturales se clasifican en muebles, inmuebles e intangibles. Estos últimos incluyen las tradiciones, costumbres, gastronomía, idiomas, artesanías; expresiones artísticas, tradicionales y ancestrales, así como la cosmovisión de los pueblos.

Para los bienes muebles, los responsables del equipo de trabajo serán los curadores y museólogos quienes coordinarán el trabajo de historiadores de arte, arqueólogos, antropólogos, etnógrafos; investigadores, científicos en conservación, etcétera. Para los bienes inmuebles, el responsable del equipo será el arquitecto restaurador, quien tendrá entre sus colaboradores a historiadores, técnicos, ingenieros, planificadores urbanos, dibujantes, contratistas, maestros de obra, etcétera. Y para los intangibles, historiadores, chamanes, sociólogos, antropólogos y lingüistas con capacitación en conservación histórica.

En términos generales, no hay una metodología de trabajo única y excluyente. La conservación es una síntesis entre arte y ciencia, que incluye ciencias naturales, arqueología, historia del arte y arquitectura. Es una lucha contra el deterioro que tiene infinidad de causas; entre esas, las naturales, como la humedad y la temperatura; la fragilidad de los materiales que por su propia naturaleza son degradables, y las humanas. No olvidemos que el hombre es el único animal capaz, en su enorme ambivalencia, de provocar destrucción, así como de crear arte, debido a su poder de abstracción, que le permite pensar conceptualmente gracias al inigualable desarrollo de su corteza cerebral.

A eso debe agregarse, como causa fatal, la negligencia, la ignorancia y la falta de información cultural —que es muy común— y que solo puede evitarse a través de una correcta educación. La tarea, entonces, muchas veces es contracorriente, provocando el riesgo de caer en la frustración, caso muy bien retratado por una colega, que dice: “…parece que la barbarie se multiplica sin control. No quisiera decir lo siguiente, pero es lo que me nace del corazón: La valoración del patrimonio y su estrecha relación con la sociedad para protegerlo es una quimera. Llorar es lo que queda”.