Con nombre propio

Amatitlán, una muestra de nosotros mismos

Alejandro Balsells Conde @Alex_balsells

El Lago de Amatitlán es muestra clara de cómo vivimos los guatemaltecos y sobre todo quienes habitamos el Departamento de Guatemala. El Lago no es más que reflejo de los que hemos hecho con nuestras ciudades, pueblos y parques, pero sobre todo de cómo valoramos nuestros derechos y cómo exigimos su respeto y cumplimiento.

La destrucción del Lago por nuestras acciones directas, pero sobre todo de las autoridades nacionales y municipales, es patética. Impresiona que podamos convivir junto a un estiercolero sin que haya ninguna intención de cambiar las cosas.

El Lago de Amatitlán solo muestra el final de la fila desidiosa, 14 municipios son responsables de lo que se denomina cuencas tributarias. Nuestra Constitución estableció de 1986 a 1993 un situado constitucional del 8% del presupuesto del Estado para las municipalidades, y a partir de 1994 reciben el 10%, supuestamente invertidos solo en infraestructura; la mejor muestra de la nula coordinación del poder municipal y nacional es Amatitlán. Amatitlán significa “lugar de amates”. Sobre las cortezas de amate es que los indígenas precolombinos plasmaban escritura y dibujos. Por decreto 64-96 del Congreso, en agosto de 1996, se declaró de urgencia e interés nacional el rescate y resguardo del Lago y sus cuencas tributarias. Se creó “al más alto nivel” la Autoridad para el Manejo de la Cuenca, con el fin de planificar, coordinar y ejecutar todas las medidas y acciones del sector público y privado necesarias para recuperar el ecosistema (sic). Es curiosa la integración de la autoridad, porque la preside el gobernador de Guatemala y la integran la Vicepresidencia de la República, el comandante de la Región Militar Guatemala Sur —¿qué tiene que hacer allí?—, Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social, Ministerio de Agricultura, Ganadería y Alimentación, Procuraduría del Medio Ambiente de la Procuraduría General de la Nación —no existe una procuraduría dentro de otra procuraduría—, Fiscalía del Medio Ambiente del Ministerio Público, un representante de las municipalidades que están comprendidas dentro del territorio de la cuenca tributaria —son 14—, Comisión Nacional del Medio Ambiente (Conama), Comité Coordinador de Asociaciones Agrícolas, Comerciales, Industriales y Financieras (Cacif) —¿qué tienen que hacer acá?— y, por último, “instituciones no gubernamentales legalmente constituidas, cuyos fines, objetivos y funciones estén directamente o indirectamente relacionados con el rescate y resguardo del Lago de Amatitlán y sus cuencas tributarias”. Llama la atención que el ente rector, es decir, el Ministerio de Ambiente y Recursos Naturales brille por su ausencia. En casi 24 años de vigencia de la norma dispuesta para declarar de urgencia nacional salvar el Lago, no se ha reformado la misma. El Lago de Amatitlán es un fiel reflejo de lo que hemos construido. Es imposible que nuestras autoridades, con los recursos de todas las instituciones que están dentro de la autoridad, no hayan podido evitar el albañal que ahora es. ¿Qué posibilidades tiene el Motagua o el “lago más lindo del mundo”, como Atitlán, si no podemos ni cuidar el manto acuífero más grande cercano a la capital, en un país donde el centralismo es peste? La corrupción, la desidia, la incapacidad de las autoridades, pero sobre todo la tolerancia ciudadana es patológica y muestra una siniestra complicidad. Viendo el Lago, es evidente por qué en Guatemala no se quiere ni discutir la ley de aguas. Es triste, pero en esta época de recogimiento cristiano, donde el amor al prójimo debe motivarnos a quienes creemos, vemos que hasta eso en la realidad es retórica, porque tenemos un palpable ejemplo de que el futuro de nuestros propios hijos poco nos importa. Si la sed de nuestros hijos no nos motiva, ¿qué puede importarnos?