Pluma invitada

Ana Frank no es “la judío errante”

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¿Habría yo sobrevivido la Shoá? Es una pregunta que me he hecho a lo largo de mi vida. Talvez aguantar el hambre, ¿pero soportar el frío? ¿Pasar un invierno en Auschwitz? Cuando me cuestionaba esto de joven, me angustiaba la idea de que, de haber vivido en esa oscura época, a mí me hubieran seleccionado para trabajar, y que a mis padres los hubieran enviado a las cámaras de gas. Ahora que soy madre, no puedo ni empezar a entender el horror de a quien le tocó sobrevivir lo inverso: el asesinato de sus hijos.

Por años he leído testimonios de sobrevivientes. La semana pasada, en el Congreso de la República, inauguramos, con motivo del Día Internacional del Holocausto, una exposición sobre la mujer durante la Shoá (del hebreo “catástrofe”). Ellas, que intercambiaron su ración de comida por un peine o un poco de labial con tal de mantener su femineidad. Esas valientes expresiones de resistencia, que se revelaron ante un régimen que buscaba su deshumanización. Los nazis podrían asesinar un cuerpo, mas no su espíritu libre.

En estos días ha quedado abierta en la Universidad Francisco Marroquín una exposición que nos invita a la reflexión, titulada ¿Cómo fue humanamente posible? En su libro Noche, Elie Wiesel —premio Nobel de la Paz y sobreviviente del Holocausto— describe que al llegar los nazis a Sighet, su pueblo en Hungría, impusieron medidas antisemitas. Los líderes comunitarios se cuestionaban sobre las mismas, siendo la respuesta de su padre: “¿La estrella amarilla? De eso no se muere… (¡Pobre padre! ¿De qué has muerto entonces?)”.

Debemos comprender que la Shoá no inició en Auschwitz, Majdanek, Sobibor, ni en ninguno de los otros infames campos de exterminio. Allí fue donde terminó, por permitir una estrella amarilla en nuestras ropas, una J de judío en nuestros pasaportes, una prohibición de comer en restaurantes y de rezar en nuestras sinagogas. Sí, esas medidas que aparentan en principio no ser letales, que se soportan por temor a que una confrontación lo haga peor, hasta que de pronto ya es demasiado tarde.

Por todo esto es que Ana Frank no es “la judío errante”, sacada de un mito antisemita que mencionó en su columna el Arquitecto José María Magaña, exconservador de la Ciudad de La Antigua Guatemala. Ana es la niña asesinada por ser judía. Hemos aprendido a levantar la voz con más fuerza, pero no solo por nosotros.

El odio que empieza en contra de los judíos no termina con los judíos. Gitanos, homosexuales, comunistas, testigos de Jehová, discapacitados físicos y mentales, disidentes políticos y todos aquellos grupos considerados ante los ojos del régimen nazi como inferiores, como un problema social, ideológico o racial, también fueron perseguidos y vilmente asesinados. La tragedia no es solo de los judíos, es de la humanidad.

Así es que no sé —y espero nunca saberlo—, si hubiera aguantado el hambre, sucumbido ante el frío o soportado los azotes de los nazis. ¡Quien sabe si hubiera comido mi ración del día, o si hubiera tenido el coraje de intercambiarla por un peine!

En tributo a mi bisabuela materna, Beile Eichenbaum, quien murió de tifoidea en el gueto de Varsovia, y a mi bisabuela paterna, Sara Rosa Permuth, quien fue fusilada en Zhabinka, ambas por el solo hecho de ser judías, a ellas que no sobrevivieron, pero parte de su descendencia está viva hoy en Guatemala, NUNCA JAMÁS.

 

*Presidenta Comunidad Judía de Guatemala