Sin fronteras

Apariencias que destruyen

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Voces prominentes del sector privado salieron a alardear destacados resultados para la economía guatemalteca, en el año 2020. ¿De qué país están hablando?

En el barrio donde trabajo se vive un ambiente post apocalíptico. Se siente como si el 16 de marzo nos hubiera caído un bólido desde el cielo. El lugar es una tumba. A pocos sobrevivientes se les ve presentes, viendo cómo reconstruir lo que antes tuvieron. No hablo de una zona acostumbrada al silencio, sino de un sector dinámico, a la par de la Reforma, en el centro ejecutivo de la ciudad. El contraste con lo que hubo antes es bestial, y con mirada atónita se les ve a quienes viven del comercio en la zona. El tráfico liviano se mira a simple vista. Pero uno que conoce las cuadras, lo ve también en la ausencia de los de siempre. ¿A dónde fueron todos los que aparecían a diario a ofrecer los servicios acostumbrados? El señor de la fruta en la acera ya no está; ni su mujer, que a la par cuidaba a su pequeño infante, mientras vendía dulces. Ni Neto, el de la carreta de los chicles, un pequeño emprendedor de sonrisa empoderada, que agradecía a Dios el crecimiento de su negocio. O el “gringo” que preparaba los hot-dogs en la carreta; dicen que se regresó a su casa en Comitancillo. El mendigo de la esquina, que jamás faltaba. El señor de las manías. Es tanta la gente. Ninguno de ellos regresó.

Esta situación no es exclusiva de la gente humilde. Todo el comercio del lugar parece impactado, sin distinción alguna. Desde el hoy desértico centro de terapia especializada que recibía alumnos presenciales, hasta el gigante de la cuadra, un edificio alto de oficinas, que se rumorea tiene menos clientes inquilinos. No sería de extrañar que los más persistentes estén sobreviviendo a base de descuentos en el precio de la renta. El pequeño comedor, que día a día se veía rebalsado por los ejecutivos a la hora del almuerzo, es un caso que da pena. Tenían unas 12 mesas antes de la pandemia. Hoy, con el distanciamiento social, habilitaron solo cuatro. Y esas cuatro se miran vacías. Debido a las medidas contra el covid-19, las oficinas de gobierno vecinas, que eran motores de la economía de la zona, están en modo apagado. Aparte del cierre del trabajo presencial, desde mayo pasado, cuando el presidente Giammattei congeló las nuevas contrataciones del personal, a todos los consultores y profesionales que visitaban, también se les dejó de ver. La única novedad, que terminó siendo un auténtico alegrón de burro, fue la llegada al barrio de la comisión Coprecovid. Pero la adjudicación de esa valiosa propiedad parece haber sido un desperdicio. Ni una sola vez, en sus 7 meses de funcionamiento, vi siquiera a una persona ingresar. ¿Para qué les dieron esa valiosa casa?

Este relato no es exclusivo de un solo barrio. Más bien, es una realidad generalizada con la que muchos sectores, zonas e industrias se sienten plenamente identificados.

Alardear de bienestar en Guatemala en este momento, no es solo absurdo, además es destructivo. Se crea una falsa bonanza que cierra opciones a las familias que viven al día. Inamovibles, los bancos, los colegios y otros acreedores, mantienen intactos cuotas y precios, mientras los ingresos del cliente están en pausa. Hubo consenso en marzo con los cierres que buscaban contener el virus. Pero luego, el presidente dejó suelto al pueblo, y cada quién quedó a su propia deriva. Nuevamente sale a relucir la opción de irse al Norte. En 2020, más dinero ingresó por remesas, que por la exportación de los productos que produjimos. Ese incentivo cala en la gente que tiene sabiduría de calle. Los alardes de la cúpula privada en estos duros tiempos son golpes feos a quienes mantienen de pie a la economía. Son muestra de la incapacidad de liderazgo de un sector, que cada vez se ve más aislado en su mundo paralelo.