Fundamentos
Aprendizajes, ciclos y uroboros
Guatemala es un país cuya configuración de poder hace que sea extremadamente difícil para alguien o para un grupo imponer toda su voluntad.
La atención del país ha estado puesta en los procesos de elección de autoridades que, por un curioso engranaje de tiempos, coincidieron casi la mayoría en 2026. Aun cuando no ha terminado el calendario de estos eventos —pues quedan aún los relacionados con el control de las cuentas públicas y las autoridades del sistema financiero—, ya una buena parte de ellos ha concluido. La sorpresa para muchos es que estos procesos no cayeron, como había sucedido en ocasiones anteriores, en atrasos deliberados, en modificaciones de plazos o excesos de judicialización que hubieran causado gran incertidumbre. Simplemente discurrieron, con la tensión y presión política que ya se podía prever, dentro de los cánones de tiempo estipulados.
Varias lecciones se pueden extraer de lo vivido en este ciclo de casi 10 años que va cerrando. Primero, Guatemala es un país cuya configuración de poder hace que sea extremadamente difícil para alguien o para un grupo imponer toda su voluntad. Es cierto que en algunos momentos esa influencia se hace sentir, pero la estructura de poder tiene modos y formas de recomponerse, de manera que los aspirantes a autócratas siempre terminan ahogándose en la orilla. Depende del gusto de cada uno escoger al pretendido dictador de turno. Cuánto no hemos escuchado, por ejemplo, que ese papel se ha endilgado a distintos personajes a lo largo del primer cuarto de este siglo, para descubrir a la vuelta de unos pocos años, que estos “inamovibles” fueron al final simples pasajeros del poder.
Pareciera que cada uno escoge a su gusto el pretendido dictador de turno.
Un segundo aprendizaje es que, cuando se hace un manejo abusivo del poder, no hay quien pueda presentarse, para siempre, con credenciales de santo. Por más que se construyan temporalmente alianzas fácticas de políticos, medios de opinión, grupos profesionales, organizaciones sociales o entidades gremiales que busquen darles pátina de incorruptibles a una persona o una entidad por algún tiempo —como sucedió ya hace algunos años—, cuando estas pierden el balance o extralimitan sus poderes o funciones, la sociedad termina por rechazarlas. Es decir, que el “lado correcto de la historia”, que algunos se adjudican para sí, termina dando vueltas como moneda al aire, haciendo indistinguible el lado de la cara del lado de la cruz.
Este ciclo que va cerrándose también se caracterizó por la sorpresa. Hay que recordar que el poder se otorga también con votos y en el evento electoral pasado hubo quienes fueron sorprendidos con llegar al poder y otros que fueron sorprendidos con perderlo. Esa falta de previsibilidad se tradujo en que unos tuvieron que recurrir a la improvisación y los otros, a la deslegitimación. Esas han sido las narrativas predominantes. Pero ahora esta claro que las fuerzas políticas saben lo que es estar de cada lado y se aprestan a acumular poder y alterar a su favor la correlación de fuerzas en la próxima contienda.
Este es un mensaje que debe llegar fuerte y claro a quienes tienen convicciones democráticas y republicanas. Si queremos iniciar un ciclo político diferente, se debe promover —y a tiempo estamos— la participación de una nueva generación de gerentes públicos, de profesionales con vocación de servicio y de personas para quienes el ejercicio político sea un llamado cívico. Igualmente, se debe movilizar a quienes creen en una sociedad libre, en un país de propietarios, en una institucionalidad pública con balances. Esta es la mejor forma de romper esos ciclos tan propios de nuestro país y que se asemejan al uroboro, ese símbolo mitológico que encarna a una serpiente que siempre se muerde la cola.