La era del fauno

Buen viaje, poeta, verbo maya, elpueta, dottore, señor jaguar

Juan Carlos Lemus @juanlemus9

La muerte del poeta Humberto Ak’abal fue tan triste como inesperada. Sentí —siento— mucha tristeza. No profanaré su memoria anteponiendo aquí nuestra amistad ni esas cosas, pues tras la muerte de un grande siempre se publican fotos y anécdotas que terminan resaltando al vivo. Ante la tumba, como en los prólogos, hay que saber hacerse a un lado para no estorbar. Ni siquiera puedo decir que fui para él un amigo especial, aunque sí puedo decir que él para mí lo fue.

Pues aquí estuvo, entre nosotros, el poeta de la lengua maya k’iche’. Estuvo caminando por las calles de su pueblo y de la ciudad el hombre que sacaba de su interior lo recogido más adentro. Humberto Ak’abal no era un versificador, un poeta de pueblo ni un poeta de mundo, era el ser humano hablando desde su profundidad. No pretendo hacer de él un poema; sería grosero de mi parte. Apenas digo que se expresaba desde adentro y eso no es hablar del alma, sino que dio voz a la morfosintaxis k’iche’ que manaba de su conciencia. Muchas veces habló poesía en su idioma natal, idioma que dignificó, que puso en los oídos del mundo. De muchos años para acá, en sus viajes no se esforzó por hablar en la lengua dominante, por el contrario, atrajo hacia su lengua el oído desacostumbrado.

La muerte del poeta nos sobresaltó. Fue como si de pronto recordáramos que nuestra presencia en el mundo es breve, pero creíamos que Humberto estaría allí incluso después de nosotros. Tenía 67 años, apenas.

Para él fue muy difícil ser reconocido poeta, por indígena, por sus temas desde una cosmovisión inexplicable para la mayoría de ladinos. Los de Humberto parecían, a muchos, temas del monte, y eso eran precisamente. Pero no del monte en sentido peyorativo, sino del monte de donde venimos, de lo que nos da la vida, de esa sustancia interna de la tierra y del cuerpo. Sucede que la poesía también es dominada por el imperio del idioma español. Hay monopolio poético latinoamericano, hay cánones y lo que se sale de allí desconcierta, se manda al saco de lo fácil. La lengua de Ak’abal, con más tradición ancestral, más antigua que la gramática española, fue quemada a lo largo de los siglos. El resultado es que el ladino, al no entender, la considera ilusa, de construcción simple. No entiende ni siente, aunque se la traduzcan.

Cada quien es libre de elegir qué le gusta, por eso, no importa si agrada o no la poesía de A’kabal. La mezquindad aparece cuando esa valoración va acompañada de racismo, bien escondido, de envidia por sus alcances. Superó a varios miles de poetas latinoamericanos. Es el poeta más traducido de este país (a unos 20 idiomas).

Este escritor, este humano, este ser humano en busca de su conciencia, de la voz de su conciencia, publicó su primer libro en 1991, El animalero. Luego, con la publicación de Guardián de la caída del agua lo contactó una periodista argentina; su obra salió publicada en La Jornada, de México, y en una revista de Costa Rica; posteriormente, por medio de un periodista austriaco, fue invitado a presentar su obra en Viena, donde conoció a su traductor alemán, de ahí lo invitaron a París, y así llegaron a él muchos años de visitas por los cuatro continentes. Pasaba largas temporadas en el extranjero y otras en su natal Momostenango, donde enfermó de gravedad y fue operado en un hospital público que no tenía el equipo adecuado para atenderlo ni la ambulancia para trasladarlo al hospital público de la capital, donde murió. Cuánta desgracia en pocas líneas.

Buen viaje, poeta, elpueta, verbo maya, dottore, señor jaguar, maistro Ak’abal, según era nuestro trato.