La buena noticia

Calamidad en Cuaresma

Mario Alberto Molina mariomolinapalma@gmail.com

El covid-19 ha venido a trastornar nuestros hábitos de vida y movilidad. Para los católicos, la plaga ha llegado en la época más inoportuna, en plena Cuaresma. Aunque las restricciones decretadas por la autoridad, en principio, tienen un alcance de tres semanas, debemos prepararnos para escenarios de más larga duración. Por lo tanto, tendremos una Semana Santa sin procesiones en las calles y liturgias en iglesias vacías, sin pueblo presente y transmitidas por los medios de comunicación a una audiencia virtual. Así en el mundo entero, incluida la Santa Sede.
Sin embargo, más allá de las restricciones a la movilidad y a las actividades comerciales, educativas, culturales y religiosas, la calamidad pone en evidencia una realidad más profunda. La difusión del virus y el alto grado de contagio que lo acompaña dejan patentes nuestra fragilidad y vulnerabilidad. Esta plaga nos hace conscientes de nuestra mortalidad, de la inconsistencia de nuestros planes, de la inseguridad fundamental de nuestras vidas. Usualmente escondemos y escamoteamos esta realidad bajo la pantalla de la distracción y del entretenimiento; de los logros académicos y los éxitos empresariales y laborales. Pero circunstancias como la que estamos viviendo nos devuelven la conciencia de que, como dice el Salmo 90, somos como la hierba, que a la mañana brota y florece y a la tarde ya está marchita y seca.

Este pensamiento y la reflexión que de él pueda seguir indican que, en medio de tanta contrariedad, sufrimiento, luto y angustia, algo provechoso le podemos sacar todavía al covid-19. Pido perdón a quien esta idea pueda resultar ofensiva, pero me inspiro en san Pablo, quien se atrevió a escribir en su carta a los romanos que “todo contribuye al bien de los que aman a Dios, de los que él ha llamado según sus planes”. “Todo” incluye también al covid-19. Porque tomar conciencia de nuestra fragilidad nos obliga a buscar dónde podrá estar nuestra fortaleza. Poner ante los ojos nuestra mortalidad nos orienta a preguntarnos si en realidad vivimos para morir o si el anhelo de vida y plenitud que bulle en nuestro interior encontrará en algún lugar satisfacción. El daño que sufrimos nos conduce a pensar que también nosotros hemos hecho daño con nuestras acciones irresponsables, violentas, fraudulentas y engañosas. Y entonces nos preguntamos si en alguna parte habrá una instancia que nos rehabilite de modo que nuestro pasado no hipoteque también nuestro futuro.

Cuando nos hacemos estas preguntas iniciamos ese ejercicio tan propio de la Cuaresma que se llama “conversión”. En términos cristianos, la conversión consiste fundamentalmente en pasar de una vida que prescinde de Dios, que olvida a Dios, que lo relega a los escombros del pasado, hacia una vida que toma a Dios como referente esencial, como luz que da sentido de vida, como salvador que nos libera de la muerte y del mal que hemos hecho. La fragilidad y fugacidad de la existencia humana que el covid-19 pone en evidencia pueden conducirnos a la confianza en Dios, a creer en Jesús, a acoger su evangelio, que nos dan sentido de vida y esperanza de eternidad.
Oremos a Dios para que los científicos encuentren la vacuna que pueda salvar todavía muchas vidas. Agradezcamos a Dios el trabajo de tantos médicos y trabajadores hospitalarios que arriesgan sus vidas para cuidar a los enfermos y pidamos para ellos fortaleza y sabiduría. Que Dios ilumine a las autoridades para que actúen con prudencia en la búsqueda del bien común en estas circunstancias tan especiales. Oremos por los contagiados, para que encuentren en Dios salud y esperanza. Y por nosotros, para que colaboremos en las acciones de contención de la plaga.