Escenario de vida
Cambio climático, calentamiento global y agendas políticas
El Ártico se está calentando mucho más rápido que el resto del planeta.
Cuando hice mi travesía en un velero en el 2007 al centro del Polo Norte, el cambio climático todavía se discutía como una advertencia científica: gráficos, modelos, proyecciones y metas que parecían lejanas. Hoy ya no es una hipótesis: es una realidad física que está alterando groseramente el equilibrio del planeta.
El cambio climático ya no es solo una historia ambiental; es una disputa por recursos, rutas marítimas, minerales, petróleo, agua y poder.
Cuando escribí mi libro Aventura extrema, hace casi dos décadas, sobre el Ártico, el dióxido de carbono se acercaba a 400 partes por millón. Aquella cifra parecía alarmante. Hoy la atmósfera supera las 425 ppm, un nivel sin precedentes en la historia de la civilización humana. Antes de la Revolución industrial, durante miles de años, el CO₂2 se mantuvo cerca de 278 ppm. La diferencia no es un matiz: es un salto brusco que explica por qué el planeta ya se ha calentado cerca de 1.5 °C.
Ese número puede sonar pequeño, pero en términos climáticos es enorme. Significa más calor atrapado en océanos, continentes, glaciares y atmósfera. Significa más sequías, lluvias extremas, incendios, olas de calor y deshielo. Ninguna región lo evidencia mejor que el Ártico. Aun así, existen los negacionistas, que no dan crédito a la ciencia.
Según el Arctic Report Card 2025 de la Noaa, el Ártico vivió su año más cálido el año pasado, desde 1900. El invierno de 2025 registró la menor extensión máxima de hielo marino en 47 años de observaciones satelitales. El hielo más viejo y grueso ha disminuido más de 95% desde los años 80. Lo que antes era una muralla blanca que reflejaba el sol, hoy es una superficie cada vez más delgada y frágil, que desde el espacio tira a negro.
Aunque haya personas insensibles que digan que el calentamiento global es un mito, el Ártico muestra los indicios de que se está calentando mucho más rápido que el resto del planeta. Y eso importa porque es como nuestro “refrigerador” de la Tierra. Si se desconecta, se alteran corrientes oceánicas, patrones de lluvia, temporadas agrícolas y costas enteras.
Ese informe documenta más de 200 cuencas de Alaska que han visto sus ríos tornarse anaranjados por el deshielo del permafrost, que libera hierro y metales tóxicos. Groenlandia perdió 129 mil millones de toneladas de hielo en el 2025. Cada tonelada cuenta en el aumento del nivel
del mar.
Mientras algunos aún niegan la ciencia, los termómetros siguen hablando. El de 2026 fue el mes de marzo más cálido jamás registrado en los Estados Unidos continentales en 132 años de mediciones. Y, aun así, no lo quieren creer.
Y aquí entra la política. El cambio climático ya no es solo una historia ambiental: es una disputa por recursos, rutas marítimas, minerales, petróleo, agua y poder. El Ártico concentra cerca de una cuarta parte de los recursos de petróleo y gas aún no descubiertos del planeta, lo que lo convierte también en un tablero geopolítico, asediado por sus recursos.
La ciencia ha hablado con claridad. Lo que falta no es evidencia, sino voluntad. Las agendas políticas pueden retrasar decisiones, pero no pueden derogar las leyes de la física.
En 2007 aún estábamos a tiempo de prevenir lo peor. En 2026 quisiéramos estar a tiempo de evitar escenarios más graves, pero la ventana se estrecha porque los negacionistas celebran que la ciencia no cuente.
Pronto publicaré nuevamente la experiencia que viví en el Polo Norte, y les compartiré hechos reales en una viva comparación entre el ayer y el hoy.
El Ártico nos está enviando un mensaje urgente: la Tierra no responde a discursos, sino a emisiones. Y el futuro que heredarán nuestros hijos dependerá de lo que hagamos —o dejemos de hacer— desde ahora.