Sin fronteras

Cambio o revolución

Cuando el hastío es suficiente se da una de las condiciones necesarias para un cambio radical. Una vuelta, como se traduce la palabra latina de donde proviene la “revolución”. La revolución demanda progreso. ¿De qué? De lo rancio a algo nuevo. Nuestras generaciones, herederas del siglo XX, crecimos identificando el concepto con lo que vimos en nuestros años más jóvenes. Un estira y encoge en torno a una discusión que hoy ya no está actualizada. La de dos superpotencias globales combatiendo territorios bajo la portada de ideologías, donde el modelo económico fue un gran protagonista. Eso no se parece a lo que sucede hoy. Por lo menos, no en Guatemala. El poder no está en manos de promotores del mercado que impulsen libertades para perseguir la generación de riqueza. Y menos aún en manos de ideólogos sociales que luchen por la abolición de la propiedad privada o la nacionalización de medios de producción. Hace mucho que esa discusión trascendió a otra cosa. El poder en manos de fuertes potencias económicas, tradicionales y emergentes, aliadas en pacto con los mequetrefes de momento. Esta, evidentemente, no es una discusión filosófica.

Ayer trascendieron imágenes de un diputado ebrio deteniendo el tráfico en una arteria principal, mientras, descendido de su carro, bamboleándose, se orinaba sobre su llanta. La imagen se rebalsa en mensajes no verbales que revelan tanto sobre la baja prestancia moral de quienes ocupan altos cargos: sus actividades tan dudosas al comprar vehículos que son inalcanzables con sus salarios; la poca integridad de quien protagoniza semejantes espectáculos; la impunidad. La ausencia de consecuencia. Pero es mucho más que la consecuencia personal. Y es mucho más que la observación moral de un comportamiento. Es, además, la ausencia de consecuencia para el sistema mismo que debió perder ya su apoyo ciudadano, que lo mantiene intacto, y que —a veces creo— lo fortalece. Y la imagen dice tanto más que la baja prestancia de una persona, pues más que alertar sobre la mera cuestión de pudor, hace preguntar la explicación a qué es lo que habilita que una clase entera así ocupe altos cargos. ¿Quién se beneficia? ¿Quién los protege? ¿Quién financia para que lleguen ahí?

Las imágenes que también salieron públicas esta semana tras la incautación de decenas de millones de quetzales, en maletas almacenados, dentro de una casa en La Antigua, no pueden ser más reveladoras para la ciudadanía. Asociadas —según la Fiscalía Especial Contra la Impunidad— a un “funcionario de un gobierno anterior”, indican cuál es el nombre del juego en nuestro Estado. Las coimas, las comisiones, los sobornos y chantajes son meganegocios multimillonarios. El poder en Guatemala hoy poco tiene que ver con hacer su trabajo. Menos con dogmas y filosofías. No es cuestión de ideologías. Hoy la lucha es sobre la base de intereses personales.

Esta semana de octubre, una niña a quien vi crecer desde que nació se graduó de la universidad. Su promedio le hizo merecer una alta distinción Cum Laude. Conversando con la familia, en la mira tienen lo mismo que tantas otras promesas nacionales de todos los estratos: irse de aquí. Irse a un lugar que no esté estancado en lo prehistórico. Me hizo pensar en la gran Revolución de Octubre. Esa que culminó con tres cuartos de siglo de hastío, en ese entonces del despotismo, la tiranía y la opresión. Hoy, algunos confunden a la gente diciendo que vivimos enfrentamientos que son de ideologías. Claro, defienden su dinero y su poder. Mientras, los asuntos que nos conciernen, la salud, seguridad y tantos más están abandonados. El poder es descarado, y el hastío se rebalsará. A ver si cuando suceda no sea demasiado tarde para lograr cambios que sean menos impredecibles. No puede ser que nos tengamos que ir para poder vivir.