De mis notas
Cómo arreglar, de veras, las comisiones de postulación
La patética demostración de cuán inoperante es la actual Ley de Comisiones de Postulación quedó evidenciada nuevamente.
Guatemala vuelve, puntual, al mismo ciclo. “Siempre a última hora, cuando ya están encima las elecciones, comienza el mismo jueguito de presionar a las comisiones de postulación”. Se lanzan críticas por doquier, se improvisan indignaciones y se dictan sentencias morales en redes. Y después, cuando la nómina ya fue enviada y el cargo ya se repartió, “desaparecen, resentidos, para reaparecer a los cuatro años a repetir el mismo drama politiquero”. Muchas críticas, sí; pero, como dije hace años, “ninguna aportación para solucionar las deficiencias que precisamente generan” el problema.
El punto incómodo es este: la Ley de Comisiones de Postulación (decreto 19-2009) pretende objetividad y transparencia, pero deja vacíos que vuelven frágil el proceso y vulnerables a los comisionados. La ley invoca idoneidad y honorabilidad, pero no define estándares, no fija umbrales probatorios, no jerarquiza criterios ni resuelve choques entre principios. En ese terreno minado florecen dos males gemelos: discrecionalidad y presiones. Por eso, al final, se juzga a las personas por un resultado que, muchas veces, nace de un diseño defectuoso.
En mi columna original del 2022 lo dije sin rodeos: la ley es “ineficaz” y “un bochorno”. Lo sostengo: hay serias lagunas. Cuando el comisionado debe votar bajo la lupa, la amenaza de denuncias y el espectáculo mediático, el proceso se vuelve defensivo. Se decide para evitar ataques, no para premiar excelencia. Y luego el país se sorprende de que no salgan los mejores. ¿Qué reformar? Empiezo por 4 piezas que ya estaban en mi diagnóstico, pero ahora se ven con mayor claridad.
Primero: voto secreto. “Actualmente los comisionados deben pronunciarse y explicar su voto”. Eso los expone a presiones, amenazas y querellas. Un voto protegido —con actas públicas del procedimiento y los criterios, pero sin linchamiento personal— reduce el incentivo espurio: no se puede “comprobar si votaste por el que quiero”.
Voto secreto, calificación certera y selección aleatoria de los finalistas; el remedio completo.
Segundo: método de calificación vinculante. Si hay puntajes, la nómina no puede tratarse como decoración. “Es absurdo… que un candidato que tiene 60 puntos sea escogido sobre otro que obtuvo 90”. La ley debe obligar a justificar, con parámetros objetivos, cualquier desviación del orden técnico.
Tercero: tachas con debido proceso. “Idoneidad y honorabilidad” no pueden depender de “listas” sin respaldo ni de acusaciones sin prueba. Si una tacha no se acredita, no puede sustituir al expediente. El comisionado no es juez penal ni fiscal: es evaluador administrativo con competencias normadas.
Cuarto: libertad real de deliberación. “El ambiente de trabajo debe garantizarles un espacio libre para analizar… sin tener la presión mediática… respirándoles en el cuello”. Observación no es intimidación. Transparencia no es acoso.
Además, urge incorporar reglas que hoy no existen: causales claras de excusa e inhibición por conflicto de interés; un régimen de custodia y publicación íntegra de expedientes, para que la discusión sea sobre hechos y no sobre rumores; plazos reales para estudiar documentación sin carreras de última hora; y una cláusula de responsabilidad institucional que distinga entre error de criterio y dolo, para frenar la “judicialización por castigo” que paraliza a cualquiera. Si todo queda a discreción y miedo, la excelencia será siempre accidental para servir al país. Y sí: vale discutir la selección aleatoria entre finalistas técnicamente calificados, como mecanismo antincentivos. No es suerte contra mérito; es mérito primero, azar después, para cerrar la puerta al “último empujón” opaco.
La pregunta final sigue vigente: “¿Seguiremos cometiendo el mismo error?” Si los críticos quieren credibilidad, que presenten reformas, que sostengan el debate fuera de temporada y no se queden en escándalos que no eliminan el problema de fondo. Es hora de reformar este entuerto.