Construyendo ideas
Construir no basta
Durante años hemos medido el desarrollo por la cantidad de obras que inauguramos, cuando quizá deberíamos medirlo por nuestra capacidad para conservarlas.
Las cosas no se arruinan de un día para otro. Se arruinan cuando dejamos de cuidarlas.
La confianza ciudadana requiere mantenimiento.
Lo mismo ocurre con una carretera. Con un puente. Con una escuela. Con un hospital. Y, muchas veces, también con un país.
Cada invierno los guatemaltecos volvemos a enfrentar la misma escena: derrumbes, carreteras dañadas, puentes con restricciones, drenajes colapsados y comunidades incomunicadas. La lluvia suele llevarse toda la culpa, pero la realidad es otra. Ninguna carretera colapsa por una tormenta de un solo día; las lluvias únicamente hacen visible el deterioro acumulado durante años.
Durante años hemos medido el desarrollo por la cantidad de obras que inauguramos, cuando quizá deberíamos medirlo por nuestra capacidad para conservarlas.
Celebramos la inauguración de una obra, el corte de una cinta y la fotografía oficial. Pero pocas veces reconocemos el valor de conservar aquello que ya fue construido con el esfuerzo de millones de contribuyentes. Pareciera que esperamos a que una carretera se destruya para repararla, a que un puente presente daños para inspeccionarlo o a que un hospital requiera una remodelación para aceptar que durante años dejamos de cuidarlo.
Los datos ayudan a dimensionar el reto. Solo la red administrada por COVIAL supera los 11 mil kilómetros de carreteras. Sin embargo, la actualización del Plan de Desarrollo Vial 2018-2032 revela que casi la mitad de la red vial nacional se encuentra en condición regular, mala o muy mala. Es una advertencia clara: una parte importante de nuestra infraestructura ya demandaba intervenciones antes de que llegaran las lluvias.
La experiencia internacional también es contundente. Retrasar el mantenimiento incrementa significativamente los costos de recuperación. Lo que pudo resolverse con una intervención preventiva termina convirtiéndose en una reconstrucción mucho más costosa. Lo barato termina saliendo caro y la factura siempre la pagan los ciudadanos: con más tiempo perdido en el tráfico, mayores costos logísticos, menor competitividad y, muchas veces, mayores riesgos para su seguridad.
Pero el problema no termina en las carreteras.
También ocurre con escuelas que esperan años por reparaciones, hospitales que envejecen sin mantenimiento suficiente, sistemas de agua potable que pierden eficiencia, drenajes que solo reciben atención después de una inundación, edificios públicos que se deterioran lentamente e instalaciones deportivas que terminan abandonadas. No solo dejamos deteriorar infraestructura; dejamos deteriorar patrimonio público.
Quizá la explicación sea más política que técnica.
Construir genera titulares. Inaugurar produce reconocimiento. Cortar una cinta ofrece resultados inmediatos. Conservar, en cambio, rara vez genera aplausos, aunque probablemente sea una de las inversiones públicas con mayor rentabilidad económica y social.
Sin embargo, la reflexión va mucho más allá del concreto.
También nuestras instituciones necesitan mantenimiento.
La confianza ciudadana requiere mantenimiento. La justicia requiere mantenimiento. La seguridad requiere mantenimiento. La educación requiere mantenimiento. Las instituciones no colapsan de un día para otro; se debilitan lentamente cuando dejamos de fortalecerlas, cuando normalizamos su deterioro y cuando reaccionamos solo después de que la crisis estalló.
Solemos pensar que el desarrollo comienza cuando colocamos la primera piedra de una obra. En realidad, comienza al día siguiente, cuando asumimos la responsabilidad de conservarla.
Lo mismo ocurre con una carretera. Con una escuela. Con un hospital. Con nuestras instituciones.
Y también con Guatemala.
Porque los países no se deterioran cuando dejan de construir.
Se deterioran cuando dejan de cuidar lo que ya habían construido.
Construir es una promesa. Conservar es cumplirla.