Rincón de Petul

Contradicción en un sábado sin verano

Enseñaron más con su conducta que con cualquier anda, púlpito o altar.

Mis padres eran contradictorios, no lo puedo negar, y el tema de la fe y la creencia en un algo más allá de la vida era un ejemplo vivo de eso. Desde que recuerdo, mamá se confesó creyente, pero no puedo decir que le haya entrado algo de religiosidad, sino hasta cuando se acercaba su final. Cierto, tenía devoción, por ejemplo, por el Niño de Atocha, y tenía cosas, como llevar un rosario en el llavero para el carro. Pero lo del Niño era quizás más derivado de una tradición de su familia materna, y la segunda, la del rosario, puedo pensar que le servía más de compañía —un amuleto— que otra cosa. Y es que nunca la vi sostenerlo en la mano y pasárselo con 50 padrenuestros o tan siquiera un avemaría. La verdad es que un poco sorprendido quedé un día, en sus últimos años, cuando me dijo un día cualquiera que el lugar a donde iba era la iglesia. ¿Misa, mi mamá?, habré pensado… Eso no era común en mi mamá creyente, pero no muy practicante.


Papá, en cambio, sentía solvencia en no tener creencia en absolutamente nada. Si le preguntaban si era ateo, lo negaba y se decantaba más por el agnosticismo. Le parecía más elegante, creo, a él, que lo definitivo le resultaba incómodo; que los dogmas los tomaba con desconfianza, y que la imposición simplemente la consideraba abominable. Tenía gracia al hablar del tema y narraba los regaños de los curas durante su niñez con su culto humor y una pícara simpatía que no dejo de extrañar. Eso sí. Llegadas las liturgias estacionales, vaya si no tenía sus favoritas. La Semana Mayor era una de ellas. Nacido y criado en el Centro, tenía fascinación por las procesiones. Ponía música sacra en esta época de reflexión y muchos años la sala olió a corozo porque él, el más irreverente intelectual e indomable impío, lo habría llevado y colocado en el centro de la mesa.

Nacido y criado en el Centro, tenía fascinación por las procesiones.


La contradicción no es algo solo propio de mi familia; y menos todavía cuando se trata de fe y religión. Pocas sociedades tan contradictorias como esta, tan dadas al rito, cuya magnificencia se mecerá por las calles sobre hombros cucuruchos. Herederos somos de una colonia erguida sobre los templos de una capital fundacional. Esta semana, las calles volverán a decirlo, con una belleza más bien imposible de discutir. De nuevo, desde púlpitos y altares, será evocada la narración solemne que partirá en dos el día viernes: la más radical expresión de amor, la historia de un sacrificio por los demás. Puedo decir que aún alcanzo a contemplar la belleza del arte y acaso hasta la nobleza del mensaje. Pero ya no sin la conciencia de su gran contradicción. La que palidece cuando pide que esa conmoción alcance para ordenar la vida con arreglo a ese mismo llamado.


La ventana refleja un sábado que amaneció muy gris. Las nubes, densas y pesadas, cubren lo esperado de un día como hoy. El sol no está y no hay mucho verano que se sienta. El asfalto está mojado de una llovizna ligera que cayó de un cielo que olvidó su azul. La semana empieza con más nostalgia que otra cosa. Me hace recordar a mamá, al cumplirse cinco años desde su partida; y a papá, quien se fascinaba con cada tradición de épocas como la Semana Santa. En la mesa no hay corozo, ni hay bandas de procesiones que suenen en las bocinas. ¿Será por eso que el gris de esta mañana no me parece solo cosa del clima? Quisiera platicarles y preguntar todavía por cosas como estas. ¿Acaso aún podré obtener guía en el recuerdo de mi gente? La respuesta creo que es sí, y es a través de su enseñanza. Al fin nunca conocí personas de más sólidos principios que aquellos dos que me enseñaron más con su conducta que con cualquier anda, púlpito o altar.

ESCRITO POR:

Pedro Pablo Solares

Especialista en migración de guatemaltecos en Estados Unidos. Creador de redes de contacto con comunidades migrantes, asesor para proyectos de aplicación pública y privada. Abogado de formación.