La buena noticia

Creer sin consecuencias

Quizá el verdadero deseo para este año no sea simplemente que las cosas vayan mejor, sino atrevernos a asumir responsabilidades.

El inicio de un año suele llegar cargado de propósitos, balances y expectativas. Cambia el calendario y, con él, también nos asalta la idea de creer que algo se renueva automáticamente. Sin embargo, la experiencia enseña que no basta pasar la página: lo determinante no es la llegada de un nuevo año, sino el punto de partida desde el que lo afrontamos.

No se presenta desde el poder ni desde la distancia moral, sino desde la cercanía.

En el calendario cristiano, los primeros días de enero están marcados por una escena elocuente: Jesús adulto, anónimo hasta entonces, desciende al Jordán para ser bautizado. No hay discursos ni gestos espectaculares. Solo un hombre que entra en el agua junto a otros, como uno más. Ese momento discreto marca el paso de la vida oculta a la vida pública, del silencio cotidiano a una misión que se hace visible.

No es un detalle menor que Jesús inicie su vida pública de este modo. No se presenta desde el poder ni desde la distancia moral, sino desde la cercanía. No inaugura un proyecto apartándose del mundo, sino sumergiéndose en su complejidad. El episodio del Jordán no es un gesto piadoso, sino el inicio de una vida asumida como compromiso.

Al iniciar el año se revisan muchas cosas; pocas veces nos detenemos a examinar la coherencia entre lo que creemos y lo que vivimos. En países de tradición cristiana como el nuestro, el bautismo ha sido durante generaciones un signo de pertenencia cristiana. Llama la atención la escasa incidencia pública de esa condición. No porque falten símbolos o celebraciones, sino porque a menudo falta coherencia práctica.

El problema no es que la fe pierda espacio público, sino que se reduzca a un ámbito privado, sin consecuencias sociales. Una fe que no orienta decisiones, que no informa el modo de trabajar, de ejercer autoridad, de administrar recursos o de relacionarse con los demás, termina siendo irrelevante incluso para quien la profesa.

El bautismo, entendido en serio, no es un refugio identitario ni un certificado de superioridad moral. Es, más bien, un compromiso y un envío que introduce a la persona en una responsabilidad mayor: vivir de tal modo que la dignidad del otro no sea una idea abstracta, sino un criterio operativo. Por eso resulta tan elocuente que Jesús, aun sin necesitar ser bautizado, antes de pronunciar una sola palabra pública se coloque en la fila de quienes reconocen su límite. No entra al Jordán para explicarse o legitimarse, sino para asumir desde dentro la condición humana. Precisamente por eso no comienza haciendo, sino siendo reconocido: primero la identidad, luego la acción. Al invertirse ese orden en la vida social, los compromisos serios se diluyen y la ética se vuelve retórica.

Hablar de vida pública no significa únicamente referirse a la política o a los grandes debates. La vida pública comienza en lo cotidiano: en la honestidad silenciosa, en el rechazo de la corrupción pequeña y grande, en la manera de ejercer una profesión, en el trato con quienes dependen de uno. Allí es donde el bautismo debería hacerse perceptible, no como exhibición religiosa, sino como calidad humana.

Comenzar el año desde el Jordán implica aceptar una pregunta incómoda: ¿qué impacto real tiene en nuestra vida lo que decimos creer? No se trata de imponer convicciones ni de reclamar privilegios, sino de asumir que una fe auténtica tiene consecuencias reales.

Quizá el verdadero deseo para este año no sea simplemente que las cosas vayan mejor, sino atrevernos a asumir responsabilidades, dejar de escondernos detrás de discursos o excusas y vivir con mayor coherencia aquello que decimos valorar. Tal vez así el inicio del año será de verdad un nuevo comienzo.

ESCRITO POR:

Tulio Omar Pérez Rivera

Licenciado en Teología Litúrgica por la Universidad Pontificia de la Santa Cruz de Roma. Durante varios años fue párroco en zonas indígenas cakchiqueles. Actualmente es obispo auxiliar de Santiago de Guatemala.