Miramundo

Cristo no es plebiscitario

Alejandro Balsells Conde @Alex_balsells

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En América, pero podemos verlo más claro en Brasil y Nicaragua, se utiliza por políticos en el poder el discurso cristiano para tratar de convencer a los electorados. Bolsonaro y Ortega tienen de común denominador el mismo enfoque, aunque uno se diga de derecha y el otro de izquierda. Allá en el Norte, Trump arremetió varias veces con mensajes cristianos para calificarse como el elegido frente al peligro demócrata.

Bolsonaro, quien va detrás de Lula en las encuestas, remarca el peligro del comunismo y aunque sea uno de los mayores responsables de los daños ecológicos a la Amazonía brasileña, con miles de hectáreas quemadas y miles de personas desplazadas, anuncia su opción como la elegida desde el Altísimo. En Nicaragua, el lema “Nicaragua, Cristiana, Socialista, Solidaria” acuerpa a los Ortega Murillo desde hace años y ahora podemos ver una clara fractura hasta en el episcopado nicaragüense.

El protestantismo nacido como respuesta a la intolerancia y abuso católico en su momento, creció en todo el mundo y como tal ha buscado en las distintas iglesias puntos de unión y de confluencia. Los grandes esfuerzos anglicanos, luteranos y metodistas están a la vista, pero, por otra parte, como el derecho de asociación es fundamental y el de profesar la fe también, surge una serie de iglesias dispersas motivadas, más que todo, por la iniciativa de un pastor para lograr de manera fácil el reconocimiento estatal, sin que exista mayor control, eclesiástico u oficial, respecto de quién tendrá a su cargo el anuncio de La Palabra y cómo se administrará el dinero.

El punto focal es que la proliferación de iglesias sin unidad, sin control y solo sujeto a la buena fe y preparación de su líder provoca la amenaza del uso del púlpito para arengas políticas partidistas. Esto no quiere decir, ni por asomo, que las iglesias no puedan pronunciarse sobre los aspectos morales de una sociedad, como lo es la desintegración familiar, la corrupción, el flagelo de las drogas, sino, al no existir ninguna rigurosidad disciplinaria y frente al derecho a la libre expresión, es fácil ver y encontrar motivaciones políticas partidistas disfrazadas de barnices bíblicos.

La división de Estado e Iglesia es muy fácil enunciarla, pero muy difícil delimitarla en la práctica, porque todo buen pastor tiene interés sobre los daños sociales en su feligresía y de allí al discurso político existe una frontera tangencial; sin embargo, sí debemos todos evitar repetir la experiencia de otros países cuyas elecciones se convierten en verdaderos plebiscitos sobre las creencias cristianas, consiguiendo protestantes y católicos conservadores formar una opción frente a cristianos y católicos con opciones progresistas.

La fe se respeta, pero sí todos podemos estar seguros de que por siglos, y nuestra realidad no es ninguna excepción, la fe también se utiliza para fines aviesos y bajos. De allí que por lo menos debemos hacer los esfuerzos necesarios para que los puntos de unión de quienes profesamos la misma fe se resalten y queden fuera de discusión política partidista.

Un político con el objetivo de ganar una elección sin importar las consecuencias vende el alma al mejor postor, por esto mismo no podemos vivir bajo la amenaza de convertir una visión de Cristo, ufanada por candidatos, la dominante del sentir popular.

Jesús vino a la Tierra y representa la nueva Alianza y la unión universal, ya no existe a partir de su vida un pueblo elegido, sino quien cree y vive su fe será salvo. En consecuencia, es absurdo dejarnos embaucar como sin duda lo intentarán quienes piensan en las estrategias de Bolsonaro y Ortega para llegar y abusar del poder.