Con otra mirada

¿Cuál es mi Antigua?

José María Magaña Juárez jmmaganajuarez@gmail.com

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Mi vínculo con La Antigua Guatemala se remonta a la niñez y resaltó al ser electo Conservador de la Ciudad, en época posterremoto y plena guerra interna. Al llegar encontré una población opuesta al Consejo Protector, por considerarlo inverso a la libertad de disponer sobre qué hacer en sus casas, con excepción de quienes siempre lucharon por ella y contribuyeron a la creación de la Ley Protectora.

Después de más 40 años de velar por su conservación, veo con agrado a una generación de jóvenes profesionales decididos a rescatarla del fiasco al que se la condujo, convirtiéndola en un vulgar antro a cielo abierto.

La Asociación Antigua Viva (2016), cuya carta de presentación fue la exposición El Arte de la Tolerancia, con 144 osos representando igual número de países individualizados por el trabajo artístico. Su costo de Q2.5 millones generó Q35 millones a lo largo de las tres semanas que estuvo expuesta en la Plaza Mayor. Acción que demuestra que la cultura, además de identidad, es fuente de riqueza, que puede ser clave para desarrollar y conservar la histórica ciudad.

Actualmente, Antigua Viva trabaja en la idea de Marca Ciudad, esbozada con anterioridad. Ha trazado un plan que presentará en septiembre próximo, tendente a generar un programa de actividades cívicas, históricas y culturales en torno a la celebración del II Centenario de la Independencia en 2021. Para eso está generando encuentros virtuales con grupos de vecinos, dando a conocer sus logros, como el diseño del logo que caracterizará a la ciudad conservada, exponiendo su modernidad, que lejos de ser un concepto contradictorio, representa la visión propia de una ciudad viva.

Entre la dinámica de esos grupos está explicar ¿cuál es mi Antigua? Así, traje a la memoria que de niño visitábamos la tumba del Hermano Pedro, contigua a la capilla de la Tercera Orden franciscana, aunque, de mi parte, alucinaba ante la inmensidad del templo en ruinas de San Francisco el Grande y ver el azul del cielo enmarcado en los anillos de sus bóvedas caídas y del círculo vacío de la cúpula, definido por sus pechinas con las imágenes de los evangelistas.

Ya en la universidad, ingresé a la Facultad de Arquitectura el año previo a la emisión de la Ley Protectora. Tuve como catedráticos a dos de sus creadores y otros profesionales que contribuyeron desde diversas instancias. Aunque la conservación no estaba en mi agenda, fue importante conocer que la profesión elegida tenía aristas hasta entonces desconocidas. La historia de la Arquitectura también llamó mi atención, aunque destaqué como diseñador, que era el fondo toral de la carrera.

Para graduarme elegí como tema de tesis la ermita de la Santa Cruz, ya usada como escenario para los festivales de Arte y Cultura de la Dirección General de Bellas Artes, proponiendo su acondicionamiento. Elección que debía ser aprobada por el decano, quien al recibirla me llamó para decirme que no aprobaría semejante tema a un alumno cuya vocación, por la trayectoria desarrollada, era la arquitectura moderna y contemporánea. Circunstancias políticas tangenciales al ritmo académico permitieron que el decano flexibilizara su postura, autorizando el punto que desarrollé con entusiasmo y pasión.

La Antigua Guatemala representa, pues, la más importante fuente de identidad cultural del guatemalteco, ciudad a la que he dedicado mi vida profesional, primero como conservador de la Ciudad (1978-85), y luego desde mi posición como vecino, ciudadano y experto en conservación, tratando que mantenga sus características para que otros disfruten lo que yo gocé desde temprana edad.