Hagamos la diferencia
Cuando una bolsa escolar de Q100 se confunde con educación
Educación, pobreza y el futuro que estamos negando
El pasado 6 de febrero, en mi pueblo, los padres de familia de la escuela primaria recibieron una bolsa escolar valorada en Q100. A las escuelas les dieron un listado sugerido que podrían comprar con esa cantidad de dinero. Una maestra de la escuela indica: “No se compra lo que allí sugiere por el alza de precios”. Contenía algunos útiles básicos. Para muchas familias fue un alivio. En un país donde el salario no alcanza y donde cada quetzal cuenta, cualquier apoyo es bienvenido. Debían acudir presencialmente y firmar de recibido. Al comparar el tiempo perdido por los padres, no compensa el valor de la bolsa. Pudieron entregarla directamente a los alumnos. Pero una sociedad no puede conformarse con agradecer lo mínimo cuando lo que está en juego es el futuro de sus hijos. Una bolsa escolar es un gesto. La educación es un proyecto de nación. Y entre ambos hay una diferencia enorme. La bolsa resuelve un problema inmediato; la educación bien financiada rompe ciclos de pobreza, desigualdad y exclusión.
Hoy nuestras escuelas públicas siguen funcionando con carencias estructurales: aulas deterioradas, pocos libros, docentes sobrecargados, casi nada de tecnología y estudiantes que compiten en clara desventaja frente a quienes sí tienen acceso a recursos modernos. Pretender que una bolsa de Q100 compensa eso es, en el fondo, una forma elegante de aceptar el abandono. Aunque en mi pueblo la diligencia de los profesores mostraba en medio de la sencillez aulas impecablemente limpias y ordenadas.
Guatemala no necesita gestos simbólicos: necesita una apuesta real por la niñez y por el futuro.
Cuando uno observa lo que ha hecho El Salvador en los últimos años, la comparación resulta inevitable. Allí, el Estado ha entregado paquetes escolares integrales que incluyen útiles, uniformes, zapatos y, en muchos casos, computadoras o tabletas. El modelo puede tener errores, críticas o problemas de ejecución, pero refleja algo que en Guatemala escasea: voluntad política para invertir de verdad en los estudiantes. No se trata de idealizar a ningún gobierno, sino de entender una lección básica: la educación no se mejora con caridad, sino con inversión.
Guatemala ha tratado a la educación pública como un gasto secundario. Mientras los presupuestos se diluyen entre burocracia, corrupción y clientelismo, los niños reciben lo mínimo y se les pide que con eso construyan su futuro. Esa es una injusticia silenciosa que termina costándole muy caro al país. Invertir en educación es invertir en productividad, en cohesión social, en democracia y en desarrollo económico. Es dotar a cada niño de herramientas para pensar, crear, competir y aportar. Es reconocer que cada aula es una fábrica de futuro. Por eso, cuando vemos una bolsa de Q100, no deberíamos conformarnos ni aplaudir. Deberíamos preguntarnos por qué eso es todo lo que el sistema logra ofrecerle a un estudiante guatemalteco. Se debe pensar en grande: escuelas dignas, bibliotecas, laboratorios, conectividad, docentes bien formados, programas de alimentación escolar adecuados y materiales que realmente apoyen el aprendizaje. Significa apostar por una generación que pueda romper el círculo de pobreza, desigualdad y dependencia.
Hagamos la diferencia. Exijamos menos improvisación y más visión. Menos dádivas y más políticas públicas. Menos resignación y más inversión. Porque el futuro de Guatemala no cabe en una bolsa. Cabe en una escuela que funcione, en un maestro respaldado y en un Estado que entienda que educar no es un favor: es su obligación más sagrada. Ningún país ha desarrollado sin antes invertir en aspectos vitales como la educación, la salud, infraestructura estratégica. Ejemplos como los de Finlandia, Singapur, Estonia, Corea del Sur, que invirtieron en educación como uno de los ejes principales de su desarrollo, deben motivarnos para salir del subdesarrollo y de la improvisación. Los países no salen de la pobreza por suerte ni por recursos naturales, sino por invertir inteligentemente en su gente. Para Guatemala, la lección es clara: sin una revolución educativa profunda, científica, técnica y ética, no habrá desarrollo sostenible, aunque tengamos tierra fértil, agua y población joven.