La buena noticia

Cuaresma 2022: volver a “ver” para “no cansarse”

Víctor Palma amons.esc@gmail.com

Publicado el

Una de las enfermedades/limitaciones más comunes en la Biblia es la ceguera. Junto a males llamativos como la lepra o la parálisis, el “no ver” se asocia a una situación espiritual negativa: si lo primero que Dios creó fue la luz (cf. Gen 1, 3), el no poder apreciar la primera obra divina delata la oscuridad del desorden, del mal, del pecado y su fruto, la muerte. Es decir, la ceguera se refiere a algo más que lo fisiológico: es el síntoma de la ausencia de Dios, del bien y de las buenas relaciones con lo demás. En la Buena Nueva de mañana, Jesús señala tajantemente que “un ciego (griego “tiflós”) no puede guiar (griego: “odegéin” o “conducir por el camino”) a otro semejante, so pena de la ruina de ambos. Definida pues, bíblicamente, esa “ceguera” como una carencia de sabiduría, de capacidad de percepción de Dios y de los caminos del bien, resaltan tres áreas de consecuencias del “no ver y atreverse a guiar a otros no-videntes”:

1) En el ámbito personal, la ceguera espiritual tiene una fuerte relación con la soberbia, según aquello de “no hay más ciego que el que no quiere ver”. Todas las formas de dictadura, de egolatría —en posiciones altas, civiles o religiosas— son una forma de ceguera de los propios límites. Se carece de la “luz interior” en la conciencia, por estar esta en definitiva “a oscuras” por el amor propio. Ya lo decía el novelista W. Faulkner (1897-1962): “Lo que se considere ceguera del destino, es en realidad una fuerte miopía de sí mismo”; 2) En el ámbito familiar, donde las acciones ciegas hacia el respeto y la unidad del hogar son el más fuerte atentado contra las nuevas generaciones que “ven” e imitan, según lo indicado por L. Séneca (4 a.C.- 65 d.C.): “Las palabras convencen, pero el ejemplo arrastra”: axioma refrendado con un tono aún más hogareño por S. Teresa de Calcuta (1910-1997). “No te preocupes si tus hijos no te escuchan, pero recuerda que todo el tiempo de observan”; 3) En el ámbito social, donde la desilusión parece ser el motor de protestas y el desencanto aumentado por las redes sociales pareciera dibujar un “rebaño de ciegos en un callejón oscuro y sin salida”. Un ámbito a tener muy en cuenta, no solo por la influencia cada vez más pronunciada de la vida los actores sociales “incluso en lo privado”. En esa ceguera, auscultando en sus raíces, bien se cumple la sentencia del controvertido clérigo J. Balmes (1810-1848): “Las pasiones son buenos instrumentos, pero malos consejeros. El hombre sin pasiones sería frío, pero en cambio el hombre dominado por las pasiones, es ciego”. Sí: las pasiones del materialismo, de la fama, los aliados eternos de la corrupción de cualquier tipo y ambiente.

En su estructura milenaria, la Cuaresma católica se perfila entonces como una oportunidad de emular a aquel ciego del camino de Jericó que tuvo la honestidad de “darse cuenta de que estaba ciego y necesitado de Dios” y que resumió en una sola la súplica de toda su vida: “Señor, haz que vea” (Lc 18,41). En su Mensaje para esta Cuaresma, en tiempo de tambores de guerra, el Papa Francisco invita a “No cansarse de hacer el bien” (cf. Gal 6,9)”: continuar el apoyo a los afectados por la pandemia, por las crisis mundiales. Para ello se requiere recobrar la vista. Con un ambiente incierto y limitado para la Piedad Popular (procesiones, velaciones, etc.) y para las mismas Acciones Litúrgicas limitadas por aforos, queda el aprovechar para entrar en sí mismo, en el “nosotros” y acudir al paso, si no procesional, sí espiritual del Cristo que pasa y pedir la visión perdida, aun cuando la acción divina no pueda explicarse del todo, como ocurrió al ciego de nacimiento. Este, interrogado por los “guías ciegos de Israel”, pudo afirmar: “Solo sé una cosa, que antes yo era ciego, pero ahora veo” (Jn 9, 25).