Nota bene
Cuatro años de guerra entre Ucrania y Rusia
¿Cómo afecta a América Latina?
El 24 de febrero de 2022, hace exactamente cuatro años, el presidente de Rusia, Vladímir Putin, invadió Ucrania. Un discurso televisivo precedió la operación por tierra, aire y mar; en él, Putin exigió al Ejército de Ucrania deponer las armas. El desafiante presidente Volodímir Zelenski opuso resistencia. Ese fatídico día, pocos hubieran apostado que dicha confrontación se alargaría tanto. Jamás previmos que, cuatro años más tarde, las negociaciones de paz entre las delegaciones gubernamentales de Ucrania y Rusia serían tan duras. Las reuniones sostenidas la semana pasada en Ginebra, bajo la tutela de Estados Unidos, culminaron con un tibio acuerdo sobre la futura mediación de Estados Unidos de un eventual cese al fuego, pero con desacuerdos sobre dónde trazar la frontera. En Polymarket, un mercado de predicciones descentralizado y privado, únicamente 5% de los compradores vaticina una firma de la paz antes de marzo, y 41% considera que la paz podría llegar a finales de año.
Cuando estalló la guerra, los latinoamericanos sabíamos relativamente poco sobre la historia de ambas naciones. Una aplastante mayoría de ucranianos proclamó su independencia de la Unión Soviética en 1991. En los 90, Ucrania prometía hacer crecer su economía y cultivar relaciones con Occidente; disolvió el Partido Comunista y celebró elecciones. En febrero del 2014 volvió a figurar en las noticias internacionales cuando las tropas rusas tomaron Crimea, una península localizada en la costa norte del mar Negro. Internacionalmente, Crimea es reconocida como parte de Ucrania, pero permanece bajo ocupación rusa desde entonces. La invasión de 2022, por tanto, expandió la guerra que se venía desarrollando durante ocho años.
¿Cuándo acabará la guerra?
Pasamos por una serie de actitudes conforme avanzaba la confrontación: trocamos la incredulidad e indignación iniciales por una fugaz euforia ante la valentía del pueblo ucraniano, un David enfrentado a su Goliat. La bandera de Ucrania aparecía en las redes sociales, jardines, automóviles y comercios. Con el paso de los meses, nos invadió una impotente tristeza: las imágenes de familias desplazadas, muerte y destrucción nos impactaron. En diciembre de 2024, Zelenski declaró a un periódico ucraniano que 43 mil soldados ucranianos y 198 mil soldados rusos habían fallecido desde febrero de 2022. En junio del año pasado, el Centro para Estudios Internacionales Estratégicos (CSIS), basado en Washington D. C., estimó las bajas militares (muertos, heridos y desaparecidos) en un millón de rusos y 400 mil ucranianos.
La guerra entre Rusia y Ucrania dividió a América Latina. Cuba, Nicaragua y Venezuela se alinearon con Rusia. Guatemala y Costa Rica han sido vocales en su apoyo a Ucrania. Lo mismo se puede decir de Argentina, Chile, Uruguay, Ecuador y Perú. Brasil, México y Colombia optaron por la neutralidad, y favorecen una salida diplomática a través de foros internacionales. Adicionalmente, la guerra ha tenido efectos económicos significativos. Ucrania era la “panera” de Europa. Algunos países latinoamericanos, como Brasil y Argentina, han exportado más bienes agrícolas aprovechando el vacío causado por la guerra, pero otros confrontan precios elevados de comida, energía y fertilizantes.
La fecha de hoy invita a la reflexión: son los gobiernos los que deciden desplegar a sus ejércitos, con o sin justificación. El resultado de las guerras y las confrontaciones siempre es trágico, e impone elevados costos a los gobernados, incluso cuando salen victoriosos del enfrentamiento. Es preciso elegir a gobernantes prudentes y limitar el poder de los gobernantes para emprender aventuras militares.