Meta humanos

¿Dar para recibir o recibir para dar?

Definitivamente hay que influir en lo que podemos, que es en lo que creamos y damos.

Vivimos en el eterno dilema de si fue antes el huevo o la gallina. Para mí, esa paradoja se traduce en una pregunta mucho más cotidiana: ¿hay que dar primero para poder recibir, o recibir primero para luego poder dar?

No escribo estas líneas desde una realidad neutra ni desde un contexto donde todo funcione.

Plantear esta pregunta desde Guatemala no es trivial. Vivimos en un país donde, para una gran parte de la población, lo que se recibe a diario no es precisamente abundancia. Falta empleo, acceso a salud digna y vivienda adecuada; hay desnutrición, inseguridad y una sensación constante de incertidumbre. No escribo estas líneas desde una realidad neutra ni desde un contexto donde todo funcione.

Y precisamente por eso la pregunta se vuelve más incómoda, pero también más necesaria: ¿cómo hablar de dar cosas buenas cuando muchas personas sienten que lo que reciben, día tras día, es negativo? Lo primero que vale la pena aclarar es que dar no significa lo mismo para todos. Dar no siempre implica dinero, tiempo libre o grandes gestos. Muchas veces tiene más que ver con qué hacemos con lo poco que tenemos que con lo que nos sobra. Soy de la idea de que, en la vida, solo tenemos control real sobre una cosa: aquello que decidimos dar y crear. No controlamos el país en el que nacimos, ni las condiciones estructurales que nos rodean. Pero sí tenemos un margen de control sobre nuestras decisiones y nuestras acciones. Esto no niega la realidad. Pero sí plantea algo distinto: aunque no seamos responsables de todo lo que recibimos, sí somos responsables de qué hacemos con eso.

Cuando hablo de dar, no lo hago desde una lógica transaccional. No se trata de que dar algo hoy garantice recibir lo mismo mañana. Se trata, más bien, de una mentalidad: asumir responsabilidad sobre lo que ponemos en movimiento. Pensemos en un ejemplo simple: en un entorno social conoces a dos personas que no se conocen entre sí y percibes que, al presentarlas, podría surgir algo valioso para ambas. Decides hacerlo. En ese momento, no hay un beneficio directo para ti. Sin embargo, cuando este tipo de acciones se vuelven recurrentes, algo empieza a transformarse. No porque la vida “te deba”, sino porque se comienza a construir un entorno distinto. Con el tiempo, las personas recuerdan a quien ayudó sin esperar nada a cambio. Y cuando surge una oportunidad de colaborar, apoyar o confiar, esa persona suele aparecer en su mente.

El retorno, especialmente en contextos como el nuestro, no siempre es material ni inmediato. Muchas veces es intangible: relaciones, confianza, experiencias, comunidad. No es una promesa de prosperidad automática, pero sí una forma distinta de habitar la realidad. Por eso considero que, incluso para recibir alegría, primero hay que dar alegría. Lo digo desde la convicción de que uno recibe, con el tiempo, aquello que decide poner en circulación. Y como lo único que realmente controlamos es lo que damos, también empezamos a influir en lo que eventualmente se nos regresa.

En un país lleno de carencias, dar no siempre es ofrecer bienes económicos; muchas veces es ofrecer humanidad. Y aunque eso no lo resuelva todo, sí transforma algo fundamental: la forma en que vivimos, la forma en que nos relacionamos, la forma en que los más jóvenes aprenden del ejemplo y por consecuencia la forma en que construimos futuro. Así que respondiendo a la pregunta de  si hay que dar primero para poder recibir, o recibir primero para luego poder dar, mi conclusión: hay que percibirnos a nosotros mismos como creadores de nuestro entorno, hay que identificar las cosas que están dentro de nuestro control. Y definitivamente hay que influir en lo que podemos, que es en lo que creamos y damos.

ESCRITO POR:

Joaquin Fernández-Townson

Apasionado por desafiar ideas y aprender a desaprender. Con experiencia en finanzas, innovación y startups. TEDx speaker y graduado UFM.