De mis notas
De ayatolás y las locuras de las guerras
Los 200 mil pasdarán, la Guardia de la República Islámica, son el principal escollo: una máquina de control interno, con reflejos de Gestapo, entrenada para controlarlo todo.
Cuando el Sha de Irán fue depuesto por el ayatolá Ruhollah Komeini hace casi medio siglo, pocos comprendieron lo que empezaba: una era de islamismo político. El cambio no fue súbito. Se cocinó durante años en cafés, reuniones clandestinas, mezquitas y bazares. Komeini ofreció una fórmula simple para un país cansado: “frente a humillación, justicia frente a élites, identidad frente a la occidentalización”. Y, sobre todo, prometió un Estado nuevo: que la ley civil se subordinara a la ley religiosa”.
Derribar un régimen puede tomar días; reconstruir un país sin derramar sangre, años.
Esa visión viajó en casetes. Antes de internet, una cinta clandestina podía copiarse mil veces y recorrer barrios con un mensaje que no pedía reformas administrativas, sino exigía obediencia moral y ruptura política. La monarquía, debilitada por corrupción y represión, se quedó sin aire. Las protestas no cesaron, el Ejército vaciló, y la república islámica nació con una lección peligrosa: una revolución teocrática puede ganar, consolidarse y luego exportarse.
¿Cómo se exporta sin declarar guerra? Con intermediarios: milicias, partidos armados, propaganda, dinero y entrenamiento. Los “proxies” —Hezbollah, hutíes y otros— han sido la mano larga de Teherán para presionar, desgastar y desestabilizar sin pagar el costo directo de la factura. Ese ha sido el peligro: la desestabilizacion del Medio Oriente.
Hoy, el argumento del cambio de régimen asesino no se apoya solo en misiles o en discursos. Es el peligro de un régimen radical que insiste con fervor demencial en tener su dedo fanático en el gatillo nuclear y usar la mesa de negociaciones como un teatro para ganar tiempo. Está también la represión interna: cárceles, tortura, censura, ejecuciones, policías de barrio. Se calcula en más de 30 mil muertos. Irán ya no es de los ayatolás, es un pueblo herido que clama por gobernarse sin el garrote encima, si logra evitar que el miedo se recicle con otro uniforme fanático.
Pero la geopolítica pesa, y pesa mucho como en Venezuela. El estrecho de Ormuz es ruta estratégica; por allí pasa alrededor del 20% del petróleo mundial. Si se cierra, el precio sube y la crisis afecta a todo: transporte, alimentos, inflación, pánico. Además, China ha sido el gran cliente del crudo iraní y Rusia un socio dispuesto a desafiar a Occidente. Estos factores cuentan cuando se fuerza un giro: energía, rutas marítimas, alianzas, equilibrio de poder.
El mayor desafío ya está agazapado. Los 200 mil guardias pretorianos que buscarán reorganizarse, esconder recursos y pedir consejo a Pekín y Moscú. Y, por ahora, no hay un líder moderado evidente que unifique a la población y ofrezca un plan creíble para economía, justicia y transición.
También Estados Unidos e Israel enfrentan un enemigo serio: el tiempo. Sostener una ocupación prolongada es caro, desgasta alianzas y envenena la política interna. Para Trump, el reloj corre hacia las elecciones de noviembre; ventana corta para mostrar resultados, asegurar el petróleo, contener el estrecho y abrir señales de transición. Si la operación se alarga, es munición para los demócratas y la legitimidad puede deshilacharse por dentro y por fuera. Por eso esta historia tiene un reto enorme para Irán, la región y el mundo: reconstruir un país sin derramar sangre.
Porque derribar un régimen puede tomar días, pero evitar la revancha y sostener el orden, años.