La buena noticia

De la Ascensión a Pentecostés

Víctor Manuel Ruano pvictorr@hotmail.com

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Para las comunidades eclesiales la semana que arrancó el domingo con la ascensión del Señor es el final del camino pascual que concluye con Pentecostés.

Lucas relató la ascensión al inicio del libro de los Hechos y al comienzo de su Evangelio, para enlazar el final de su misión en Palestina, con el inicio de la misión de la Iglesia en el mundo.

Al ascender levanta las manos para bendecir a sus discípulos/las y a la humanidad entera. ¡Vivimos en un planeta bendito! Es su última acción para esta humanidad que Dios ama y donde Jesús pasó haciendo el bien y liberando a los oprimidos.

Llegando al cielo entró en la plenitud de la vida como primicia de una gran cosecha que es la humanidad y la creación entera. Jesús es el mejor fruto de esta tierra. Para actualizar este hecho, tiene sentido la Iglesia: “ustedes son testigos de esto”. Ahora bien, qué debemos hacer.

Primero, ante los desafíos de la sociedad y de la Iglesia, no refugiarnos en una espiritualidad etérea, en un intimismo enfermizo, ni quedarnos mirando al cielo cantando ¡Gloria Dios! ¡Aleluya! sin meter las manos en la masa de este mundo y sin comprometernos con los otros para erradicar los males que nos deshumanizan: corrupción e impunidad, empobrecimiento de la gente e injusticias que claman al cielo.

Segundo, sin el compromiso por construir una sociedad desarrollada integralmente, fraterna, solidaria y justa para todos, no hay fe en el Resucitado. No hay Iglesia ni comunidad cristiana. Esta fascinante tarea se logra con un laicado comprometido en la vida política de su nación, pero no al modo de los políticos marrulleros y sus partidos, sino la política entendida como la más alta expresión del amor que busca el bienestar de todos. Ella es mediación para alcanzar el “buen vivir”, la paz y el desarrollo humano.

Tercero, ser testigos creíbles del acontecimiento Jesucristo, esto es recrear en la propia historia su conducta, apasionados por construir una sociedad donde todos tengan vida digna y abierta a la trascendencia.

El evangelio de Pentecostés muestra a Jesús en medio de sus discípulos, transmitiéndoles el dinamismo de su Espíritu, para salir al mundo y contagiarlo con el don de la paz y la alegría, el perdón y la reconciliación. Lo necesitan las comunidades eclesiales acicateadas por la pandemia, heridas y más empobrecidas; golpeadas por las fuerzas del poder político y económico que cooptaron las instituciones de nuestra frágil democracia e infunden miedo, promueven la polarización y la división, en vez de inspirar confianza para trabajar juntos por un país diferente.

Además, la alegría que mostramos en las comunidades y movimientos a veces es superficial, el encierro nos asfixia, la incertidumbre nos domina y el desencanto permea nuestras vidas. Entre los agentes de pastoral: presbíteros, obispos y lideres laicales, hemos perdido creatividad, imaginación y entusiasmo por la misión al estilo de Jesús. Hemos caído en la actitud “del siempre se ha hecho así”.

En ese contexto, pentecostés es abrir las puertas del corazón y la mente para ser incluyentes en una sociedad cada vez más plural; es vigor para superar traumas y miedos ante quienes nos persiguen y criminalizan desde el régimen de impunidad, mostrando una actitud audaz y valiente; es luz para vencer las situaciones de tristeza y angustia que experimentan quienes carecen de Tierra, Techo y Trabajo.

Necesitamos del Espíritu como el aire que permite respirar para vivir y nos une en la común atmósfera del caminar juntos en Iglesia y como nación; como el fuego que da calor y enardece los corazones en medio de nuestra frialdad; como el agua que fecunda los campos para que den los frutos de la justicia, la paz y el desarrollo integral.