SIN FRONTERAS
De las copas, al primer país inseguro
Envueltos y enredados, entre extremidades prostitutas, de hombres o mujeres… qué más da. Así, entre charcos de alcohol, se imagina el momento en que fue aceptado el pacto para convertir este como un “tercer país seguro”.
Entre polvos incoloros, jeringas o pastillas. Endrogados. Con corbatas aún a medio destrabar, con alientos secos y pastosos, de resaca o a medio emborrachar. Balbucientes. Mientras, pisoteado, el interés de una nación.
' El país no podría alojar ni siquiera durante el primer día ni al 1% de estos retornados.
Pedro Pablo Solares
O extorsionados. Con grabaciones magnéticas puestas al oído, que amenazan revelar la peor de las vergüenzas. Un mandatario en turbulencia, haciendo negocios. Un auténtico muñeco de trapo. Sin espíritu, ni voluntad.
No hay sentido a discutir con seriedad un acuerdo para que este país sirva como refugio para las poblaciones desplazadas. Cito datos para contextualizar de lo que hablamos. Guatemala no es país seguro, ni siquiera para los propios. Por eso, es el mayor expulsor de población hacia el norte. El equivalente, se aproxima, de lo que juntos destierran nuestros dos vecinos juntos. Así, la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza reporta que en solo ocho meses —de octubre para acá—, 360 mil menores de edad y miembros de grupos familiares centroamericanos se entregaron a sus patrullas en frontera. Para poner atención: 360 mil personas. Eso, más los 82 mil adultos que fueron capturados sin compañía de un menor. Una suma —de octubre para acá— de 442 mil personas aprehendidas, tan solo de Guatemala, Honduras y El Salvador. Como casi la mitad de ellos son guatemaltecos, significaría que –de cumplirse las promesas del presidente Trump- Estados Unidos estaría enviando a este país a un cuarto de millón de hondureños y salvadoreños, para solicitar asilo, aquí. A eso, hace falta sumar las personas que fueron capturadas antes de octubre del 2018, y a las que sean capturadas de ahora en adelante. Tendríamos que estar hablando de un millón de centroamericanos en un término de un año.
Para reír, o para llorar. Guatemala tiene solo un aeropuerto, con sus capacidades limitadas, que puede recibir a migrantes retornados en vuelos internacionales. Tiene solo una estación de recepción migratoria, en la Fuerza Aérea Guatemalteca, que se desborda en capacidad con 400 personas diarias. El Estado tiene solo dos albergues para alojar población retornada. No doce… dos. Uno en el Centro, con capacidad límite de 70 personas, y uno en Xela, de similar aforo. Y al hablar de nuestra efectividad para recibir solicitudes de asilo, el padre Mauro Verzeletti, de las casas del migrante, denuncia que actualmente, de 300 solicitudes de asilo que ha recibido el Instituto Guatemalteco de Migración, 280 ni siquiera reciben respuesta. Entrampados. Conocemos con certeza que aquí no hay capacidad para cumplir con las promesas del presidente Trump, y que el país no podría alojar ni siquiera durante el primer día, ni al 1 por ciento de la población que promete enviar.
Las condiciones de Guatemala son conocidas por los centroamericanos. Ante la incapacidad guatemalteca, ¿regresarán a sus países de origen?, ¿reiterarán hacia el norte y chocarán contra las fuerzas mexicanas? Con tal certeza de fracaso, ¿por qué, entonces, estamos en este encierro? Oppenheimer, en su columna semanal, lo explica desde la campaña en EE. UU.: su público aplaude eufóricamente a Trump cada vez que despotrica contra los migrantes. Claramente, no corroboran información, ni le cuestionan la viabilidad de sus propuestas. Con una estrategia popular, su victoria parece certera. Y desde la perspectiva de Guatemala, el primer país inseguro en términos de migración, queda a usted, amigo lector, encontrar una explicación. Las copas y vergüenzas parecen inevitables para empezar a explicar semejante disparate.