A contraluz

Debemos remar en la misma dirección

Haroldo Shetemul @hshetemul

La semana pasada representó el peor escenario que se podía esperar frente a la expansión del coronavirus en Guatemala. El 10 de mayo, Día de las Madres, hubo un relajamiento de la cuarentena, a tal grado que miles de personas se lanzaron a las calles, hubo embotellamientos de tránsito y el distanciamiento social se perdió. Cuatro días después, el presidente Alejandro Giammattei informó de un aumento exponencial de casos de contagio de covid-19 y dispuso el cierre total del país, prohibió la circulación de vehículos particulares y de la mayoría de actividades laborales. El viernes cundió el temor de quedar sin comida y miles de personas se aglomeraron frente a tiendas y abarroterías, que en cuestión de minutos quedaron desabastecidas. El lunes, el mandatario tuvo que dar marcha atrás a las disposiciones precipitadas, en un ambiente caldeado.

Pero el daño ya estaba hecho. Las medidas draconianas generaron pánico en la población que se quedó de la noche a la mañana sin saber qué iba a pasar, sin dinero, alimentos, ni trabajo. Los más afectados fueron los pequeños comerciantes, que perdieron sus productos perecederos. Toneladas de verdura y fruta se fueron a la basura y algunos comerciantes que querían regalarlas a los vecinos, se toparon con restricciones municipales. En los departamentos, agentes policiales no dejaban circular vehículos pequeños con productos agrícolas, los cuales eran decomisados con lujo de prepotencia y abuso. Al contrario, dejaban pasar los camiones de grandes empresas, lo que enardeció los ánimos. Sin querer, el presidente prendió la mecha de un conflicto social que estuvo a punto de estallar. Es indudable que el mandatario tomó estas medidas con la mejor de las intenciones, para evitar el contagio de covid-19, pero no lo hizo de la forma correcta. No hubo ninguna planificación, ni directrices de cómo proceder en todos los niveles.

Después de la tempestad viene la calma, dice el refrán. Lo importante es que el presidente recapacitó y enmendó el error. El gobierno había tratado de atajar la pandemia con los ojos cerrados. Aún hoy no existe certeza sobre el número real de contagios porque las pruebas no han sido masificadas, tampoco está articulada una estrategia para determinar los tiempos de confinamiento y de reapertura de las actividades empresariales. Nada positivo podía salir si la política oficial se manejaba con impulsos erráticos. Esta semana el gobernante tomó una decisión acertada al anunciar que el médico Edwin Asturias presidirá la Comisión Nacional contra el Coronavirus, un organismo que debió funcionar desde hace tiempo. El doctor Asturias es una eminencia en el campo de la epidemiología y dejará su comodidad en la Universidad de Colorado, EE. UU., para aportar a Guatemala. Pero la buena marcha de su gestión dependerá del apoyo que reciba dentro del área de salud, la cual está patas arriba y sin liderazgo.

El Dr. Asturias no llegará a un lecho de rosas. Basta ver la inercia que existe en el Ministerio de Salud, la falta de ejecución del presupuesto de Q640 millones destinados para combatir la pandemia, la indefensión en que se encuentra el personal médico y los casos de corrupción en la compra de insumos. Es claro que el desarrollo de una estrategia frente al avance del coronavirus debe tener un enfoque holístico y eso significa que su éxito dependerá de la participación de todos los sectores del país. Entre ellos, uno de los más significativos es el de la población. No se puede contener el contagio si los guatemaltecos no comprendemos que debemos respetar el confinamiento. Si alguien necesita ir a trabajar, pues deberá tomar las precauciones del caso, pero si no tiene por qué salir a la calle, debe mantenerse en su casa. Estamos en el mismo barco y debemos remar en la misma dirección.