Miramundo

Delinquir y abusar en nombre de Dios

Alejandro Balsells Conde @Alex_balsells

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En el mundo se utiliza, con cada vez más frecuencia, el nombre de Dios en la política. Políticos tejen maraña para construir regímenes con mensajes Divinos y esto se hace así porque los mensajes Divinos los creemos por dogma y no se debaten. Jair Bolsonaro, en Brasil, es ejemplo de lo afirmado: “Esta misión de Dios, no se escoge, se cumple”, “Brasil y Dios por encima de todo”. Con estos mensajes es un referente para la ultraderecha latinoamericana.

Acá en Centroamérica, Rosario Murillo, el verdadero poder nicaragüense, a pesar de sus claras tendencias esotéricas y demás reparte mensajes cristianos: “Compañeros, así estamos trabajando con fe, con esperanza, reconociendo la voz de Dios. Reconociendo el gran poder de Dios para reconocernos frágiles, humildes, modestos, porque ¿qué somos sin Dios, que es el que nos fortalece y el que nos da valor, valentía, vigor y gloria?” (palabras tomadas de reportaje de El País).

El Sandinismo “triunfó” en las recientes elecciones y en vallas por todo el país se leía: Nicaragua bendecida, prosperada y en Victoria. Cristiana, socialista y solidaria. Donald Trump, quien en su vida demostró de todo, menos temor a Dios, como candidato, primero, y como presidente, después, se convirtió en el ungido de los sectores cristianos más conservadores y señalaba: “Si Biden gana la elección lastimaría a Dios”.

En la teología cristiana, y en especial la católica, existe mucho trabajo en torno al respeto por la autoridad. Santo Tomás, citado por Rodrigo Borja al referirse a la Teocracia en su Enciclopedia de la Política, decía que la obediencia a los mandatos de gobierno es un deber religioso y que “el fin del Estado es la educación del hombre para una vida virtuosa y, en último término, una preparación para unirse a Dios”.

En nuestro país, el Partido Unionista adoptó el lema que el dictador dominicano Leonidas Trujillo impuso a la Liberación: “Dios, Patria, Libertad”, sin tener en cuenta el oprobioso pasado que el expartido Movimiento de Liberación Nacional hizo a las libertades, pero también encontramos diputados de UCN en constante clamor a Dios, tanto dentro como fuera del Congreso.

El nombre de Dios siempre se ha usado para guerras y abusos; sin embargo, ahora vemos que cualquier tipo de político clama su protección para conseguir aceptaciones, y si a esto le sumamos la proliferación de iglesias, la ausencia de mensajes unificadores, la escasa preparación de muchos responsables de brindar el mensaje, el inexistente control del dinero, para la delincuencia organizada existe una excelente estrategia en pervertir un mensaje de amor como es el de Dios en todos los credos.

El gobierno de Jimmy Morales, el presidente “más orado en la historia”, es una muestra para trabajar por un verdadero Estado laico, o de lo contrario lo forjado será miles de fieles renunciando a su fe al corroborar cómo se comportan sus pastores y guías en el poder. No por gusto el expastor Efraín Ríos Montt fue señalado de llevar prácticas genocidas.

Debemos “dejar a Dios ser Dios”, como dijo Carlos González Vallés en su libro. Al fin de cuentas, creer en Dios es un acto de libertad, o tendremos una ultraderecha como la de Bolsonaro o un traidor a su propia revolución como Ortega, acudiendo a Dios para evadir el debate, el control del poder, el liberalismo, la transparencia en la gestión, pero sobre todo sus propios límites constitucionales, pero, aún lo más grave, sectores de poder o criminales de cualquier cuño entronizándose en organizaciones religiosas para obtener protección estatal y esto Dios, de seguro, aborrece y rechaza.