Sin Fronteras

Deshacer la papeleta a rayones

Pedro Pablo Solares@pepsol

A los cinco años de edad pregunté a papá cómo era eso de votar. Llegado el día, en 1978, me tomó de la mano y me llevó al centro electoral. Ahí me cargó con un brazo, mientras que con el otro tomó el crayón y destruyó la papeleta a rayones. Luego de su desahogo me la mostró así, toda destartalada, y me dijo: “así es como se vota en Guatemala”. Ahora que imagino esa hoja con las manchas de crayón que hizo sobre las fotos de esos militares comprendo lo que antes no entendí: que el suyo no era solo un grito de rechazo, era la consciencia informada de que el sistema no es honesto, y que el voto aquí era inútil. Habrá de recordarse que en 1978 vivíamos una década de fraudes descarados. Donde se cuenta que al final del día de la votación, cuadrillas de soldados llegaban a los centros electorales y con metralletas al hombro arrebataban las urnas con los votos ciudadanos. A las horas, el Estado anunciaba el resultado de su antojo. Fue así como ganó Arana Osorio, en 1974; y Lucas García, en 1978. Y así había ganado también Ángel A. Guevara, en 1982, previo a que un golpe de Estado colocara como Jefe de Estado a Ríos Montt.

Mi generación se formó en un ambiente de fusiles, antidemocrático y tirano. Generación que clamó por la democracia, y testigo de enormes esfuerzos por instalar un proceso representativo, por el cual muchos entregaron hasta la vida misma. Una que se ilusionó con ese idílico concepto de la Grecia antigua, como alternativa a la opresión, y caminó hacia un futuro incluyente, edificador. Pero que también vio cómo con el paso de los años esa democracia fue raptada por lo peor de nuestra sociedad. Maleantes y farsantes, al servicio de intereses criminales; presidentes separados del interés común; diputados que no representan a sus electores, aunque esa sea, precisamente, su función. De una generación que no cree más en la democracia, y que escucha a algunas de sus voces más ilustradas, como la del doctor Jorge Mario García Laguardia, quien llama de nuevo a una “revolución”, pues, como dijo en reciente entrevista: “Esto ya llegó al límite. …Hay que cerrar el Congreso y demás instituciones públicas, establecer un gobierno fuerte y organizar una discusión general para rehacer el país”. (entrevista en Prensa Libre. 3 de septiembre 2017).

Con justa razón, el proceso democrático está en uno de sus puntos más bajos de credibilidad. No necesariamente por la transparencia del día de la elección, sino por la toma del sistema por mafias mezquinas, enemigas del bien común. Muestra de ello es que el Tribunal Supremo Electoral ha reportado que, a dos días de finalizar su plazo, 1.5 millones de jóvenes de entre 18 y 25 años de edad ni siquiera se empadronaron para participar en el primer evento electoral en que tuvieron oportunidad. Con cierta frecuencia tendemos a explicar las cosas desde el ángulo del hoy y ahora. A pensar sobre las dificultades que puedan estar pasando estos jóvenes para obtener sus documentos de identidad; o analizar desde la coyuntura electoral, menospreciando de alguna forma la respuesta contundente de una juventud entera que rechaza de un bofetón el sistema falso en que nadie cree.

En lo personal no he sido usuario frecuente del voto nulo, pero he de confesar que cada cuatro años paso por el tortuoso proceso de evaluar si deshago la papeleta a rayones o no. Reconozco que este año es difícil no darse cuenta de que hay opciones que son mucho peores que otras. Pienso, por ejemplo, en cuatro años más del denominado Pacto de Corruptos. Pero 40 años han pasado ya desde el día en que papá me enseñó cómo se vota en un sistema de mentira. Mañana inicia la campaña, y tendremos cuatro meses para escuchar propuestas. Confieso que me sorprenderé si llego realmente a creer en alguna.