Aleph

Desigualdad los tres tiempos

Carolina Escobar

“El 11 de junio de 2018, el Ministerio Público (MP) y la Policía Nacional Civil (PNC) ubicaron a 43 niñas y adolescentes en tiendas de barrio y tortillerías, que estaban siendo víctimas de explotación laboral. El MP explicó que el modus operandi consistía en el reclutamiento de niñas y adolescentes de áreas rurales que viven en pobreza y pobreza extrema; los reclutadores ofrecían un salario de Q800.00 a Q1,000.00 y un lugar donde dormir, para que las madres/padres accedieran a que sus hijas migraran a los cascos urbanos a trabajar en las tortillerías (Prensa Libre, 2018)”.

Basta salir de la burbuja para ver las colas que se forman los tres tiempos de comida en las tortillerías de los barrios de centros urbanos, tanto de la capital como de los departamentos; detrás de las rejas y puertas hay niñas, adolescentes y mujeres, en su mayoría indígenas, con sus vidas interrumpidas y trabajando, demasiadas veces, en condiciones deplorables. Son parte de la migración laboral (forzada) y se sitúan del lado invisible de la línea abisal, esa que separa lo respetable, existente y relevante, de lo marginal, irrelevante e inexistente. Ellas ponen a funcionar con sus manos, que no dejan de aplaudir sobre el fuego, un ciclo de producción, siembra, cosecha, distribución, nixtamalización, preparación de la masa y consumo del elemento emblemático e identitario de la alimentación guatemalteca: la tortilla de maíz. Pero todo esto habla de desigualdad, prácticas racistas e injusticia social, así como de un costo, casi siempre muy alto, para muchas de ellas.

La investigación realizada por un grupo de especialistas, apoyada por Usaid y Padf, sobre las condiciones de vida y trabajo de niñas y adolescentes indígenas en 292 tortillerías en los departamentos de Huehuetenango, Quetzaltenango, Guatemala, El Progreso y Jalapa, busca darle una mirada distinta a un hecho normalizado en el país. ¿Dónde quedan los derechos humanos de estas niñas y adolescentes explotadas laboralmente hasta por 12 horas diarias, sin llegar siquiera a ganar un salario mínimo? ¿Por qué hay un imaginario social que normaliza el trabajo infantil? ¿Participan niños y adolescentes en este tipo de trabajo o es una actividad exclusivamente “de mujeres”, sobre todo indígenas? ¿No deberían ellas estar estudiando y jugando en lugar de ser explotadas?

Investigaciones como esta nos hacen pensar, antes de llevarnos una tortilla a la boca, en qué condiciones se ha producido ese alimento; qué plan de vida se interrumpió en el proceso; cuántas horas pasan las manos de niñas y adolescentes haciendo una bola de masa que luego adelgazan, en lugar de tener un libro o una ilusión para seguir su camino. Esto no parece importante, comparado con la corrupción que corroe a la sociedad y el Estado; comparado con la ausencia de vacunas en medio de una pandemia; comparado con la crisis política, social y económica que enfrentamos en este momento. Sin embargo, la desigualdad en el acceso a las oportunidades de una vida digna es parte de lo mismo y tan importante como todo lo anterior.

Según la investigación, “el trabajo de niñas y adolescentes en tortillerías está configurado por el racismo estructural y el patriarcado, como dos construcciones históricas que han tenido mayores repercusiones en las niñas, adolescentes y mujeres indígenas y en pobreza.” (…) “Las condiciones de este trabajo afectan su derecho a la salud física, salud mental, educación, vivienda, recreación, alimentación y vida digna. Sin embargo, su abordaje genera conflictividad en un país cuyo porcentaje de población en pobreza extrema incrementa cada vez más”.

Somos mujeres y hombres de maíz, dice el Pop Wuj. El maíz es, al mismo tiempo, nuestra carne y nuestro alimento, pero más allá del mito está la realidad, y en ella la intención de cuestionar y desmitificar una lógica de explotación que arrebata, a ritmo de tres tiempos, la vida de tantas niñas y adolescentes guatemaltecas.