Conciencia
Desnutrición crónica: toca mover la aguja
Tras dos décadas de esfuerzos, hay mucha frustración de no poder bajar la desnutrición crónica.
Hace unos días, la Alianza por la Nutrición (APN) reunió a expertos y actores claves para discutir cómo enfrentar la desnutrición crónica infantil en Guatemala, un enorme reto por resolver.
No es falta de recursos; es ausencia de coordinación, metas y seguimiento efectivo.
El dato sigue siendo el mismo. Casi la mitad de los niños menores de 5 años padece desnutrición crónica. Han pasado más de 20 años, se han creado leyes, impulsado programas y destinado recursos, pero el resultado no cambia. Y sí, genera una enorme frustración.
La desnutrición crónica infantil no es solo un problema de talla. Es una limitación permanente en el desarrollo físico y cognitivo. Un niño que no recibe la nutrición adecuada en sus primeros años pierde capacidades que no recupera, como menor aprendizaje, menos oportunidades y una vida productiva limitada.
El país lo sabe. Hay diagnósticos, instituciones, programas e incluso incrementos presupuestarios importantes. Iniciativas gubernamentales como Hambre Cero, la Gran Cruzada Nacional por la Nutrición o Mano a Mano han buscado atender el problema desde distintos enfoques. Sin embargo, el resultado persiste. Hay intención, pero poca organización y voluntad política. La sociedad civil también impulsa varios proyectos, pero falta escalar esfuerzos y compartir aprendizajes, lo que funciona y lo que no.
Las razones son conocidas: fragmentación institucional, esfuerzos aislados, cambios de gobierno que rompen continuidad, y débil coordinación territorial. Se hacen muchas cosas, pero no necesariamente en la misma dirección. Aunque el país ha adoptado enfoques técnicos como la ventana de los mil días —desde el embarazo hasta los dos años—, su implementación no ha sido consistente. El reto no es solo técnico; también es cultural, como prácticas de alimentación, cuidado materno, acceso a servicios —especialmente, agua potable— y hábitos en el hogar.
Si seguimos así, tomaría medio siglo resolver lo que otros países lograron en pocos años. No es un problema de desconocimiento; es de gestión. Los casos exitosos en otros países muestran que se requieren liderazgo sostenido, coordinación multisectorial, intervenciones focalizadas y sistemas de información que permiten verificar si los servicios llegan a cada niño.
Brasil logró avances sostenidos en la reducción de la desnutrición crónica al combinar políticas sociales, atención primaria de salud y un enfoque claro en la primera infancia. Perú también redujo la desnutrición crónica de 28% a cerca de 13% en menos de una década, con metas claras, coordinación y seguimiento riguroso. La diferencia estuvo en hacerlo mejor y mantenerlo en el tiempo.
En Guatemala seguimos sin métricas comparables ni mecanismos efectivos de rendición de cuentas. Sin medición, no hay mejora posible. Mover la aguja implica tomar decisiones distintas. Es un tema de urgencia nacional. El reto es dejar de hacer más de lo mismo, aprender de los buenos programas, lograr asesoría de los mejores del mundo y cambiar la forma en que se gestionan los recursos. Poner metas, medir resultados y mantener rumbo.
En este tema no hay espacio para la indiferencia. El país tiene capacidades y recursos, pero requiere alineación. Cada actor impulsa su propia solución y no siempre con enfoque en resultados. Lo pendiente es pasar del diálogo a la acción. Sin cambios, miles de niños no alcanzarán su potencial. Ese es el costo de seguir postergando decisiones.
La buena noticia es que la Alianza por la Nutrición se ha comprometido a presentar próximamente una propuesta para enfrentar este desafío. Será el momento de alinear esfuerzos, sumar capacidades, fijar metas claras y exigir resultados sostenidos en el tiempo; con coraje, integridad y visión. Como dice el Popol Vuh: “Que todos se levanten, que nadie se quede atrás, que no seamos ni uno ni dos, sino todos”. Esta vez, sin pretextos.