Fundamentos
El ajedrez, el tablero y el jugador
Necesitamos de ciudadanos que sepan discernir entre la oferta política.
El excampeón del mundo de ajedrez de origen ruso, Garry Kasparov, publica constantemente en sus redes digitales comentarios de tipo político. Sin embargo, no se resiste a recordar su formación de ajedrecista para darle color, de tiempo en tiempo, a sus afirmaciones. Para ello, utiliza analogías extraídas del juego-ciencia con las que busca acortar las distancias entre el mapamundi y el tablero de ajedrez, y de cómo la política está inspirada en los movimientos básicos de la estrategia que aplican los grandes maestros. Recientemente comparaba la apuesta de Trump en el golfo Pérsico con un fallido gambito en el que un jugador intercambia piezas con su oponente para conseguir una mejor posición táctica.
El proyecto que domine el tema de campaña —el centro figurado del tablero político— es quien tiene mejores posibilidades.
Acercándonos más a nuestra realidad, también es cierto que el ajedrez tiene mucho que enseñarnos en materia política. Uno de los primeros consejos que se nos transmiten desde que empezamos a conocer los fundamentos del ajedrez es que es preciso controlar el centro del tablero, para desde allí desarrollar mejor las piezas y ganar, en el largo plazo, la partida. En la cuestión política podemos llamar a ese centro del tablero el tema central de una campaña electoral. Es decir, cuál es el tema que más preocupa y moviliza a una población en un momento dado. El candidato o el proyecto que mejor pueda dominar el tema de campaña —el centro figurado del tablero político— es quien tiene mejores posibilidades de ganar.
Si queda alguna duda de esa afirmación, basta con retroceder algunos años en nuestra historia para visualizar que el tema que dominó las conversaciones de familia, de empresa, de amistades, tuvo siempre un político que las supo encarnar y con ello traducir las ansiedades en votos. La seguridad tuvo su mano dura. La lucha contra la corrupción ha tenido a sus outsiders. La economía ha tenido a los proyectos empresariales. La cuestión social ha tenido a los profetas del reparto. Es por ello que los cientistas políticos y los asesores de campaña se apresuran a aplicar métodos de investigación para poder determinar cuál es esa llave que abre el acceso a la voluntad de los votantes.
Las respuestas no siempre son fáciles ni sencillas. El sentimiento ciudadano suele ser una mezcla de muchas inquietudes. Además, no es suficiente haber determinado con precisión el zeitgeist del momento. Hay que tener el candidato cuyo perfil, por sus antecedentes, su propuesta y la coherencia de sus actuaciones, pueda inspirar credibilidad en la ciudadanía. Muchos han naufragado en el intento, con estudios de mercado y paquetes propagandísticos bajo el brazo, porque no cumplen esto último.
Por supuesto, existen factores que pueden alterar la regla. Basta recordar que. en Guatemala. los puntos se buscan ganar en la mesa y no en la cancha, lo que ha provocado que, ante la ausencia forzada de algunos candidatos, las voluntades ciudadanas se corran súbitamente hacia otra parte del espectro, ocasionando resultados imprevistos. Un cambio sorpresivo de posiciones, una especie de “enroque”, para quienes conocen el juego.
Nuestro país necesita de personas probas, buenas administradoras, con perfil de ejecución comprobado que puedan llegar a regir los asuntos públicos. No basta con tener un equipo de asesores que digan cómo y cuándo decir qué. Pero también necesitamos de ciudadanos que sepan discernir entre la oferta política. Para ello es preciso recordar que hay una última regla en el ajedrez que también es preciso seguir si se quiere ganar. Conocer la intención del jugador. Esta es la misión de los próximos meses.