Fuera de la caja

El cambio es la única constante

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Enfrentados a una situación sin precedentes nos preguntamos constantemente cuándo vamos a regresar a la vida que dejamos antes de la pandemia. No hay nadie que tenga la respuesta. Se hacen muchas predicciones que se van corrigiendo conforme va avanzando un modelo para todos desconocido. Mientras los países que hace apenas unos meses eran el centro de la pandemia empiezan a implementar el plan de desescalamiento, situaciones como el nuevo brote ocurrido en una empacadora de carne en una ciudad alemana con más de 650 infectados por el Covid-19, obligan a sus habitantes a regresar al confinamiento. Pareciera que no hay nada escrito.

100 días en confinamiento en Guatemala. Algunos los llevan bien, la mayoría no tanto. Al inicio la incertidumbre se hacía más leve con la percepción de que teníamos bastante control de la situación. Los medios han sido un aliado para mantenernos informados, la gente tenía confianza en las autoridades. Conforme pasaron los días, semanas y meses nos percatamos de que nadie en realidad puede controlar una situación de esta magnitud. Los errores de planificación y comunicación se hacen cada vez más evidentes. El modelo sueco ha resultado no ser tan maravilloso como se creía. Salvo pocas excepciones, hasta las naciones más poderosas han caído de rodillas ante la pandemia. Resistencia, confusión, miedo. Desinformación. Sobreinformación. Pánico. A la enfermedad, a los efectos en la economía. Una situación que literalmente confronta a la vida con la muerte.

Esta crisis me ha obligado a reconsiderar algunas creencias. Me ha enseñado que hay situaciones sobre las que no tenemos control y que hoy más que nunca nuestras decisiones ejercerán un impacto colectivo. Puedo hablar de mi propia historia. Unas semanas previas a que estallara la crisis en Europa mi hijo de 15 años había llegado a España, el país que estaba a punto de convertirse en el centro de la pandemia. Mientras la paranoia crecía, crecían también mis deseos de que regresara, de interrumpir la aventura. Se instaló una nueva restricción en las líneas aéreas, se cancelaba el servicio de acompañamiento a menores. Ningún menor de edad podría ya volar solo, una regla más en este nuevo orden mundial. Siguieron pasando los días, semanas y meses. Se cerraron las opciones. Existen momentos en la vida en que estás obligado a entender que existe un engranaje tomando decisiones sobre las que no tienes injerencia. Los gobiernos de los países que en ese entonces estaban afrontando una situación sin precedentes, se veían obligados a tomar decisiones en beneficio de la mayoría. Prueba y error, y a pesar de todo nos corresponde ceder, anteponer el bien colectivo al individual.

He de confesar que en esta travesía me quebré muchas veces. Sin embargo, llegó el momento de aceptar que hay que afrontar la vida como viene. No podría traer a mi hijo de vuelta pronto, pero podría exhortarlo a vivir su experiencia al máximo mientras se presenten las condiciones óptimas para el retorno. Simultáneamente me tocó adaptarme a una nueva rutina. Soy de las afortunadas que conservan su trabajo y que pueden trabajar desde casa. A mis padres los he visitado de lejos, saludándolos a través de la ventana. No he recibido ninguna visita. Mi círculo se reduce a 3 personas en casa. Confieso que me he acostumbrado. Disfruto enormemente de los fines de semana sin ninguna prisa. Por supuesto que me siento inquieta pero he logrado entender que no hay respuestas certeras. Se dice que por naturaleza la mayoría de personas es reacia al cambio, que solamente un pequeño porcentaje es capaz no solo de adaptarse sino de ver oportunidades. Me alegra presenciar el surgimiento de emprendimientos durante esta crisis. Y el dolor e impotencia que sentí al inicio al saber que el regreso de mi hijo se suspendía por tiempo indefinido, ha sido sustituido por la satisfacción de verlo fortalecido y crecido. Canalicé mis fuerzas en aprendizaje. Yo misma he crecido, adaptándome al cambio y aprendiendo a pensar menos en mis necesidades y más en los otros.