Imagen es percepción
El club de los progresistas
El progresismo tiene que recurrir a una cumbre, porque está perdiendo simpatía y credibilidad ante los ciudadanos.
Mientras el mundo real resuelve problemas concretos, Barcelona se convirtió en estos días en el escenario de algo que, visto con distancia, resulta revelador. Una cumbre en la que los líderes del progresismo global se reunieron no para gobernar mejor, sino para consolarse mutuamente y hacer un frente común contra Donald Trump.
No parecía una cumbre, sino una coreografía donde se proyectaba desgaste, más que poder.
Más de tres mil personas congregadas bajo el nombre de Global Progressive Mobilisation. Cinco horas de discursos en la sesión de clausura. Lula, Sheinbaum, Petro, Ramaphosa, Sánchez. Una foto de familia que, leída con atención, dice más de lo que sus organizadores quisieran admitir; el progresismo necesita cumbre porque está perdiendo el pulso con los ciudadanos.
La defensa del multilateralismo, el cuestionamiento de políticas unilaterales en comercio y seguridad, y la preocupación por el deterioro de la democracia liberal configuran una posición política que, sin nombrarlo directamente, se distancia del enfoque asociado a Trump. Dicho en castellano, esto es una respuesta al hecho de que los ciudadanos, en las urnas, están eligiendo otra cosa.
Y aquí está el nudo del asunto. Sánchez convoca a líderes que, en su mayoría, gobiernan con dificultades crecientes, enfrentan caídas de popularidad o directamente ya perdieron el poder. La socialdemocracia acaba de sufrir una derrota histórica en Alemania. El laborismo en el Reino Unido llegó al gobierno con la mayor desconfianza ciudadana en décadas. Lula da Silva enfrenta una economía que no termina de despegar. Petro gobierna Colombia con índices de aprobación en caída libre. ¿Desde qué autoridad moral hablan de defender la democracia?
El foro no produjo ningún compromiso jurídicamente vinculante. No hay mecanismo de seguimiento formalizado ni criterios de adherencia que distingan democracias de regímenes cuestionados. Pero lo más revelador fue el silencio. Se habló de Cuba como víctima de presiones externas, pero nadie mencionó a los presos políticos cubanos, a los venezolanos que huyen por millones o a los nicaragüenses exiliados.
Los oradores coincidieron en la necesidad de regularizar la tecnología, establecer un impuesto a los superricos y renovar el funcionamiento de las Naciones Unidas. Son los mismos titulares de hace 10 años. La misma agenda, el mismo lenguaje, pero otros rostros. Lo que cambia es el contexto; cada vez más ciudadanos en más países están votando en sentido contrario a esta ideología, no porque hayan sido engañados, sino porque han evaluado los resultados de estas políticas y han decidido cambiar de rumbo. Eso se llama democracia.
Trump no necesitó una cumbre en Barcelona para articular su visión. La articuló en las urnas, con votos reales de ciudadanos reales que priorizan la seguridad en sus fronteras, el empleo en sus comunidades, la soberanía de su nación y la protección de sus familias frente a ideologías que se imponen desde arriba. Esa es la diferencia entre un movimiento político genuino y un foro de consolación entre élites que se reconocen entre sí, pero han perdido el contacto con la gente común.
La cumbre recordó que la retórica necesita traducirse en resultados tangibles en cada país. Y mientras el progresismo se fotografía en Barcelona, los ciudadanos siguen preguntándose por qué la inmigración descontrolada afecta sus barrios, por qué la ideología de género se enseña a sus hijos sin su consentimiento, por qué la economía no mejora a pesar de los discursos sobre justicia social.
Barcelona no fue el inicio de una nueva era progresista. Fue el síntoma de un movimiento que, sintiéndose acorralado por la realidad, opta por reafirmarse entre los suyos, lo que no fue un punto de partida, sino una señal de desgaste.