La buena noticia

El Dios “sensible y cercano” de San Óscar Romero

Víctor Palma amons.esc@gmail.com

Através del lenguaje “dendromórfico” —donde lo humano y lo divino se simbolizan con figuras vegetales—, en la Buena Noticia de este domingo se presenta la realidad del amor divino que llama a Moisés y que “no tiene límites” —la higuera que ardía sin consumirse, ante el asombrado Moisés, según la Kábalah judía es un amor que sorprende por su fidelidad— es el Dios de los “padres” Abraham, Isaac, Jacob, y es inagotable pero sobre todo surgido del corazón sensible y cercano de Dios que indica: “He visto la opresión de mi pueblo… conozco bien sus sufrimientos” (cf. Ex 3, 1ss). La primera “planta”, la zarza —en hebreo “senéh”, de donde viene el nombre del monte Sinaí, donde abundaba—, revela la misericordia divina, incombustible, aquella que inundó el corazón de San Óscar Romero, cuya memoria sin embargo coincide en esta ocasión con el 24 de marzo, segundo Domingo de Cuaresma.

En su canonización, el Papa Francisco decía: “Ejemplo de predilección por los más necesitados de la misericordia de Dios” y “estímulo para testimoniar el amor de Cristo” en las familias, comunidades y ministerios eclesiales (14.10.2018). Una comprensión del verdadero sentido del “nombre” con el que Dios se revela a Moisés: “Soy el que soy” —de donde viene Yahvéh, y para nada “Jeováh”—: es la revelación de un Dios que “desciende para estar cercano y “hacerse prójimo”; en palabras del mismo San Óscar Romero: “El hombre es tanto más hijo de Dios cuanto más hermano se hace de los hombres, y es menos hijo de Dios cuanto menos hermano se siente del prójimo” (Homilía 18.09.1977).

Queda sugerido todo un camino de conversión cuaresmal: para los pastores del pueblo de Dios llamados a “acompañarlo y no a escandalizarlo” (Papa Francisco, 14.10.2018), pero también para los “padres ausentes y desatentos”, sino física sí espiritualmente, causantes de la soledad y apartamiento de los niños y jóvenes refugiados en el ambiguo mundo de las redes sociales. La cercanía y misericordia, el “hacerse prójimo y sentir con los demás” no es posible desde la pura filantropía de ciertas ONG o burocracias estatales que hacen “beneficencia a montones” sin conocer la historia de ninguno de los empobrecidos. Tampoco puede ser “materia de propaganda”, de la que sin duda se verá abundantemente en estos meses de campaña. Más bien consiste en la conversión sincera, con renuncias concretas al egoísmo para llegar a tener “los sentimientos de Cristo Jesús” (cf. Fil 5,1s) y ser “misericordiosos porque el Padre es misericordioso” (cf. Lc 6, 27ss) y porque “misericordia” —vale repetirlo siempre— se traduce como “corazón que se abaja, que se acerca a lo humilde” y lo conoce y ama.

Ya Martin Heidegger (1889-1976) advertía: “El hombre actual ha superado las distancias físicas, pero no sabe crear cercanía”. La historia de la segunda planta, la “higuera infructuosa” del Evangelio que recibe un año de gracia presenta a un “misericordioso que intercede ante el Misericordioso” (San Agustín de Hipona): “Sentir con el otro y darle una segunda oportunidad”. Otro rostro de la conversión cuaresmal, un desafío a la siempre fácil capacidad de prejuzgar y condenar. Que el ejemplo de San Óscar Romero estimule en todos, especialmente en los que conviven en comunidad familiar, o los que “se han lanzado” al servicio político, una nueva forma de acercarse sin búsqueda de intereses mezquinos, que libre de la ya rampante desilusión a los que buscan la escucha verdadera de quienes deban, como San Romero, “hacerse prójimos misericordiosos”.