Con nombre propio

El incompleto papel universitario

Alejandro Balsells Conde @Alex_balsells

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Las universidades Rafael Landívar y la salvadoreña Centroamericana José Simeón Cañas dieron a luz un muy interesante libro titulado Sobre la Universidad, que contiene los escritos principales que sobre el tema preparó el mártir Ignacio Ellacuría, asesinado por el ejército salvadoreño cuando era rector de la UCA, el 16 de noviembre de 1989. Seis jesuitas, una madre y su hija fueron las víctimas. La orden dada a un coronel “encargado del operativo” fue puntual: “Tu zona abarca la UCA. Allí están Ellacuría y los jesuitas. Eliminalo y no dejen testigos”, lo señala Rolando Alvarado S.J en el prólogo. Además agrega: “A los jesuitas les dispararon ante todo a la cabeza. Les vaciaron sus cerebros”.

Los escritos de Ellacuría son profundos y obligan a reflexionar sobre el papel universitario en países como los centroamericanos, donde la exclusión social, la marginalidad y creciente pobreza golpean a las mayorías. Un país, como el nuestro, con una universidad pública con grandes aportes estatales y 14 privadas, tiene obligación de brindar soluciones a los crecientes problemas nacionales, pero solo vemos algunas golondrinas queriendo hacer verano.

Nuestra Constitución concibió a las universidades como pivotes de su estructura institucional y por ello aparecen en los órganos que postulan funcionarios a distintos cargos públicos; sin embargo, en buena parte han perdido su misión y se han adherido a las estructuras de poder. Basta y sobra ver el papel de algunas en las comisiones de postulación.

Ellacuría señala: “La forma específica con que la universidad debe ponerse al servicio inmediato de todos es dirigiendo su atención, esfuerzos y su funcionamiento universitario al estudio de aquellas estructuras que, por ser estructuras, condicionan para bien o para mal la vida de todos los ciudadanos. Debe analizarlas críticamente, debe contribuir universitariamente a la denuncia y destrucción de la injustas, debe crear modelos nuevos para que la sociedad y el Estado puedan ponerlas en marcha. Insustituible labor de la universidad en su servicio al país como un todo y a todos los ciudadanos. De esta orientación se aprovecharán además los profesores y estudiantes, al vivir en una universidad que, al ser lo que debe ser, les ofrece una tarea crítica y creadora, sin las que no hay formación universitaria… La universidad tiene que concientizar. No con prédicas moralizantes, sino con estudios contundentes”.

Las crisis de justicia, salud pública, docencia e infraestructura son, en buena parte, responsabilidad de las universidades que no han podido dar soluciones y muchas han quedado como simples espectadoras. De hecho, fue evidente cómo grupos de poder deslegitimaron los esfuerzos que en el 2015 surgieron en las universidades Rafael Landívar y Del Valle para procurar un movimiento universitario unificador en conjunto con la Usac, a pesar de que era lo correcto proponer la confluencia de objetivos y la exigencia por cambios importantes. “Si la universidad no puede justificar en la realidad su propia pretensión, refugiarse en la buena voluntad sería grave hipocresía, tras la que se esconderían intereses bastardos. Si en realidad no hace lo que dice ser, aunque eso sea debido a presiones externas, continuar con ella solo estaría justificado desde una teoría del mal menor. Pero la apelación al mal menor, como fundamentación de la dedicación de una vida, sería una de las más tristes justificaciones”, nos señala Ellacuría.

Debemos repensar el quehacer universitario porque buena parte de la crisis la hallamos acá, aunque reneguemos del espejo. No podemos concebir a las universidades como simples incubadoras de profesionales en busca de movilidad social, sino son ante todo los principales entes de investigación, estudio y propuesta para atajar los graves problemas del país.