La buena noticia

El mal advenedizo y caduco

El mal no es parte del designio original de Dios; el mal es advenedizo.

El obstáculo más grande para creer en la existencia del Dios cristiano es el problema del mal, que ronda el absurdo cuando inflige sufrimiento insoportable al inocente.  El argumento dice así:  Si Dios existiera, o no es bueno o no es todopoderoso.  Si fuera bueno, no sería todopoderoso, pues no puede quitar el mal; y si fuera todopoderoso, no sería bueno, pues no hace nada por suprimirlo.  Pero el argumento ignora que desde la primera página de la Biblia hasta la última el problema del mal que el hombre sufre y también perpetra es la urdimbre sobre la que se teje la trama del relato.

¿Es el mal más poderoso que Dios, hasta el punto de que él mismo se le deba someter?

Una historia aparentemente ingenua al principio de la Biblia ofrece una primera esperanza frente al mal.  Se cuenta que, cuando Dios creó al hombre y a la mujer, los colocó en un jardín con árboles de frutos sabrosos.  Uno en particular, el árbol de la vida, la aseguraba para siempre.  Un solo árbol del jardín estaba vetado por orden de Dios:  el que daba conocimiento del bien y del mal.  Sin embargo, un personaje enigmático, la serpiente astuta y locuaz sedujo al hombre y a la mujer para que desobedecieran esa orden divina.  El relato no explica por qué la serpiente creada por Dios se volvió tentadora; al fin de cuentas, el mal es inexplicable.  La mujer y el hombre decidieron comer del árbol prohibido y descubrieron la vergüenza de la desnudez y se volvieron mortales; conocieron la culpa y la caducidad de la vida.

Ese relato transmite una convicción.  El mal no es parte del designio original de Dios; el mal es advenedizo, no está sembrado desde el principio en el corazón humano ni en la creación.  Si Dios hubiera incluido el mal en su designio primigenio no sería legítimo eliminarlo ni habría esperanza de verse libre de él.  Pero si el mal moral y el físico vinieron después, la resignación fatal ante él no es posible, sino el combate.  Incluso se puede esperar que Dios actúe para removerlos, pues él no los puso allí.  Por eso la historia de Dios con el hombre va siempre orientada a salvarlo del mal.  Esta es, por supuesto, una convicción de fe, pero es la primera respuesta que la Biblia ofrece al lector que la lee buscando integrar en su vida el mal que sufre y que también comete.

Sin embargo, las cosas no son tan nítidas.  También Dios decretó que las fatigas del hombre trabajador fueran ineficaces y doloroso el parto de la mujer para dar vida.  Y la Biblia atribuye a Dios sufrimientos que él utiliza como correctivos para que el hombre recapacite.  Pero también aquí hay un empleo del sufrimiento para lograr un bien.  El mal puede tener algún propósito.

El Nuevo Testamento completa la respuesta.  La figura central de esa segunda parte de la Biblia es Jesucristo, Dios hecho hombre, quien, de ese modo, participa en la historia humana marcada por el mal físico y el mal moral, aunque él no cometa ninguna acción malvada.  Dios entra en la historia como víctima inocente que muere en la cruz.  ¿Es el mal más poderoso que Dios, hasta el punto de que él mismo se le deba someter?  Ese modo divino de proceder muestra que el mal no se vence desde fuera, sino desde dentro, asumiéndolo y superándolo.  Sometiéndose al mal, Dios lo vence.  Jesucristo muere en la cruz y vence la muerte reventándola por su resurrección; luego comparte esa victoria con quienes ponen su fe en él.  Jesucristo vence el mal moral, al asumir la muerte injusta y cruel de la cruz como expiación que habilitan al hombre pecador para recibir gratuitamente el perdón y pueda realizar el bien y ser santo.  Es convicción de fe que el mal inevitable puede ser fuente de vida, si se asume en la fe.  Dios lo venció padeciéndolo.  El mal no tiene la última palabra.  La verdad, la bondad y la belleza, sí.

ESCRITO POR:

Mario Alberto Molina

Arzobispo emérito de Los Altos. Reside en Quetzaltenango. Fue también obispo de Quiché. Es doctor en Sagrada Escritura por el Pontificio Instituto Bíblico. Ha sido docente en diversos centros teológicos en Guatemala y decano de la facultad de teología de la Universidad Rafael Landívar.