Nota bene
El mercado no es dictatorial
Somos seres sociales y económicos.
Algunos tachan al orden económico de ser tiránico: una imposición por señores poderosos e insensibles sobre los más débiles. La economía es percibida como causante de miseria. Estos observadores perciben las leyes económicas como reglas antojadizas y maleables. Su actitud antieconomía malentiende la naturaleza humana y su relación con el medio terrenal, así como el quehacer del economista.
El trabajo y el intercambio no violentan nuestra naturaleza humana: son características fundamentales de la misma y nos permiten superar el estado inicial de pobreza. Con talento, creatividad y trabajo, somos capaces de crear riqueza y transformar nuestra condición inicial. Un ermitaño solitario puede mejorar su situación, hasta cierto punto. Una comunidad de personas que intercambia entre sí avanza más, pues ponemos nuestros distintos talentos a disposición de los demás. No faltó a la caridad San Pablo cuando declaró que no coma quien no trabaje; nos invitó a vivir el trabajo como vocación. De allí que la acción económica no es algo que se nos impone o nos oprime.
Plantear una existencia libre de trabajo, producción, dinero e intercambio es fantasioso. Algunos anhelan una existencia de abundancia sin sacrificio; claman por el milagroso maná del cielo. Sin embargo, en este planeta la subsistencia requiere esfuerzo y los recursos son ineludiblemente escasos. Las cosas tienen valor y debemos asignarlas hacia sus usos más productivos. La única forma de lograr un destino óptimo para los recursos es atendiendo las señales del mercado.
Un mercado es un ecosistema complejo donde se encuentran miles y miles de compradores y vendedores de bienes y servicios. Surge de la actividad humana, pero no es diseñado por una mente ni es susceptible de ser centralmente planificado. Por eso decimos que espontáneamente, desde la libertad, el mercado genera la información que orienta nuestras decisiones.
Dependemos de la actividad económica
Los mercados libres son por definición abiertos: cualquier persona puede acceder a ellos como oferente y demandante. Cosechamos de nuestra labor resultados disímiles, porque nuestros talentos, dedicación y perseverancia varían. Sin embargo, podemos prosperar sin hacerles daño a otros. El Estado de derecho enmarca la actividad económica y protege la vida, la libertad y la propiedad privada de potenciales abusos.
La ciencia económica observa a las personas en acción, y descubre la ley de oferta y demanda, de los rendimientos decrecientes y de la escasez, así como Isaac Newton descubrió las leyes del movimiento. El economista no inventa reglas arbitrarias y explotativas.
Los intentos por controlar, suprimir o eludir la dinámica del mercado (el totalitarismo, por ejemplo) sí engendran represión. Quienes se encumbran en el poder pueden conculcar libertades, expropiar bienes, extender privilegios a sus amiguetes y distorsionar las señales orientadoras del mercado. El mercantilista o capitalista crony se asocia al político para conseguir ventajas a costillas de los demás. A veces, dichos proyectos se presentan como benefactores o redistributivos, pero tienen consecuencias nocivas no intencionadas.
Los mercados florecientes permiten a sus partícipes auxiliar a las personas vulnerables y desvalidas. Sin riqueza o propiedad privada, la caridad es prácticamente imposible. Los mercados, además, financian los servicios gubernamentales deseables y legítimos, permiten la exploración científica, el desarrollo de iniciativas culturales y deportivas, la construcción de templos religiosos, el cuidado ambiental y otros emprendimientos que mejoran la calidad de vida de la colectividad.