Sin fronteras

El próximo gran éxodo: el q’eqchi’

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Cada vez estoy más convencido de que apenas vivimos el inicio de lo que será un significativo éxodo internacional del pueblo q’eqchi’. Un pueblo que hasta ahora no se había sumado, en la misma proporción que otros, a la gran peregrinación de los pueblos mayas hacia EE. UU. Cuando se discuten las causas de la migración guatemalteca, con frecuencia se habla de la pobreza que azota a la población indígena y campesina. Pero falta puntualizar que dentro de esas generalidades hay nichos que aún no se suman —o no se habían sumado— a ese éxodo. En otras palabras, se emigra por la pobreza, pero no se van todos los pobres. Y se huye de la marginación de los pueblos mayas, pero no todos los mayas —hasta hoy— se habían sumado. Desde que hice numerosos viajes por comunidades guatemaltecas en el Norte, me había impresionado cómo entre las más de 150 que visité, ni una sola tenía presencia significativa de poblados de Alta Verapaz y, en particular, de gente q’eqchi’. Esto, a pesar de que —a falta de censo— el Informe Nacional de Desarrollo Humano (PNUD) estima que ese grupo es el segundo más numeroso de los mayas, solo detrás los kichés. Pero en este último año hemos visto manifestaciones claras de que este rezago en la peregrinación llega a su fin.

Es ilustrativo comparar aldeas de Alta Verapaz con las de otros departamentos que están más “adelantados” en prácticas migratorias. En las primeras es inusual ver casas construidas con remesas; mientras que departamentos como San Marcos, Totonicapán o Huehuetenango están cundidos de estas prominentes construcciones, que se yerguen sobre la mitad de los lotes. Esas casas evidencian no solo que los aldeanos han ido a EE. UU., sino, en especial, que han estado trabajando allí desde hace décadas. En el 2014 busqué infructuosamente muestras de la industria de la migración en Alta Verapaz. Pero ahora se ven señales por todos lados. Recién visité tres parcelamientos en Panzós. En uno de los tres, cuatro padres pioneros se fueron en los últimos meses. Otros más están en fila. Nunca antes, nadie de ahí había emigrado al Norte. Y del otro lado de la calle, aunque más necesitados, ni uno de los padres se ha ido aún. Dicen quererlo, pero no saber cómo. ¿Cuánto tiempo habrá de pasar para que los canales de unos alcancen a los otros? Inicia el éxodo verapacense y q’eqchi’. La Patrulla Fronteriza, por primera vez, reporta a Alta Verapaz como un departamento desde donde provinieron más migrantes aprehendidos. En las muertes de menores, de cinco, dos venían de las Verapaces. La directora de una escuela en Carchá dice que solo este año se han ido 20 de sus niñas. El año pasado, solo una. Hace dos años, ni siquiera una.

Un escritor dijo que la gente escapa de una Centroamérica que se implosiona. Nada más cierto, quizás, que para el caso del pueblo q’eqchi’, víctima histórica del arrebatamiento de tierras ancestrales, de políticas liberales que los esclavizaron y de prácticas extractivas más recientes que les roban vida. Clavados en el fondo de la pobreza, según la última Encovi, ahora se ahogan en el ojo del huracán climático, en un área de expansión del Corredor Seco. Su último recurso, la milpa, no les ha dado de comer. Las prácticas de migración local y estacionaria están dando paso a las mieles atractivas del “sueño americano”. Los hombres desesperados, ansiosos de trabajo, han encontrado contacto con coyotes que, por alguna razón, no lo habían hecho antes. Y mientras, el Estado guatemalteco regala entrada a las tropas represivas del racista Trump. El pueblo q’eqchi’ se estima en un millón y medio de personas. Su éxodo ha iniciado, y se sumará a la próxima gran ola de emigración guatemalteca. Esto, ante la displicencia de Guatemala y EE. UU. de atender las causas estructurales que originan el éxodo humanitario.