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El retrato de mamá

Brenda Sanchinelli imagen_es_percepcion@yahoo.com

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Sigmund Freud identificaba el rostro de la madre para su hijo como la primera y última oportunidad de salvación. La palabra “mamá” es la primera que el niño puede pronunciar, pero también es la última que susurra el moribundo en su lecho de muerte. Principio y fin de la vida, eso es la madre para el ser humano. Ella transforma el hambre en satisfacción, el dolor en placer, la soledad en compañía, el miedo a morir, en tranquilidad.

El amor de una madre puede ser tan puro como el agua de manantial y tan infinito como el cielo. Bienaventurados aquellos que pueden tener la suerte de experimentar este amor en su vida, porque cuando mamá se va, valemos menos en este mundo, porque nadie hará jamás lo que ella hizo por nosotros.

A todas las edades, ser madre es una tarea llena de significados y mensajes que se transmiten en un diálogo entre una generación en constante evolución y otra que es la fuente de la experiencia y guía para nuestras vidas. Cuando Dios pensó en un amor humano que pudiera darle al hombre el afecto más puro y sincero que pueda existir, diseñó a la madre. Ese ser único capaz de entregar su propia vida por el bienestar de sus hijos. Las llamamos madres, pero detrás de este nombre hay millones de pequeñas y grandes cualidades. La madre, que cuando es joven tiene la sabiduría de una anciana para cuidar a sus pequeños, y que cuando es una anciana tiene la energía de una jovencita si se trata de defenderlos y ayudarlos.

Cuando éramos bebés, mamá nos arrulló, nos alimentó con paciencia, cambiaba nuestra ropita y pañales miles de veces, nos enseñó a dar nuestros primeros pasitos, nos enseñó a hablar. Cuando éramos niños jugaba con nosotros, nos enseñó a escribir, nos llevó a la escuela, reímos juntos, incluso tuvo que darnos un par de buenas nalgaditas para educarnos. Pero, aun así, mamá era sin duda nuestra heroína. Cuántas largas noches en vela pasó mamá cuidándonos cuando enfermábamos, o se privó de comprarse un vestido para que nosotros tuviéramos siempre lo necesario; las humillaciones que habrá soportado en un trabajo con tal de poder llevar el sustento a casa.

En la adolescencia, mamá tuvo que soportar nuestros cambios temperamentales, locuras juveniles, rebeldías, gritos y tonterías. Pero al final, con paciencia y amor, fuimos superando juntos esa dura etapa. Ya no era más nuestra heroína, sino más bien creímos que detestábamos su forma de ser y estaríamos mejor sin ella. Al llegar a adultos comprendemos las razones por las cuales nuestra madre actuaba algunas veces estricta y aceptamos que todo era por nuestro bien. Allí estaba ella siempre a nuestro lado en todas las etapas de nuestra vida, apoyándonos en las buenas y en las malas, con dulzura, pero también con la firmeza que requiere un ser humano para ser mejor cada día. Aquí mamá se convierte en nuestra mejor amiga y compañera.

Hoy, mamá ya es viejita, con sus canas de plata, su espalda encorvada, sus hombros caídos de tanto trabajar, pero, aun así, para nosotros es la más bella del mundo. Porque es el único ser que nos amó y nos cuidó antes de ver nuestro rostro, desde que estábamos dentro de ella. Si tiene arrugas es por los sufrimientos que ha padecido por amarnos tanto; si sus ojos ya no ven bien es por las lágrimas que ha derramado cuando hemos roto su corazón.

La reflexión de hoy, ya que está cerca el Día de la Madre, es que le prodiguen amor, respeto, paciencia y compañía a su madrecita, pero también todas las cosas materiales que necesite. Nuestra mamá es un tesoro que Dios nos regaló. Estímela grandemente porque cuando ella se vaya, jamás nadie le volverá amar en este mundo como ella lo hizo.