Aleph

Elogio de la locura

Carolina Escobar

En el 2012, la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos (CIDH) demandó al Estado de Guatemala por las pésimas condiciones en que se encontraba el Hospital de Salud Mental Dr. Federico Mora y decretó medidas cautelares a favor de los pacientes. En el 2014, un reportaje de la BBC lo presentó como uno de los peores hospitales de salud mental del mundo. Después de esa publicación y en respuesta a la demanda de la CIDH se hicieron algunas mejoras; se implementó una mesa técnica integrada por la institucionalidad estatal encargada de la salud mental, así como por la OMS, la OPS y la Usac; se incrementó el presupuesto que tenía asignado y se hicieron algunos esfuerzos que no alcanzaron para garantizar los derechos humanos de los pacientes.

Ocho años después, ese hospital sigue siendo un centro de tortura para la mayoría de pacientes allí institucionalizados, muchos sin razón alguna (y sin “pedigrí” alguno), como el hombre que se hace viejo en ese lugar desde hace más de 20 años solo por haber tirado piedras en su comunidad alguna vez. O el otro que siendo niño estuvo amarrado durante cuatro años y luego, a falta de un tratamiento oportuno y de condiciones estructurales adecuadas, se ha convertido en antisocial. O la mujer que estuvo de adolescente en una institución estatal y padece una muy leve discapacidad, pero ya adulta ha tenido varios ingresos al Hospital de Salud Mental, donde acumula cada día más historias de violencia sexual, porque no es nuevo que una persona con discapacidad mental es, frecuentemente, considerada objeto sin derecho de opinión para la violencia y el abuso sexual.

¿Seguiremos usando la misma lógica decimonónica para institucionalizar a quienes no son “normales”? Hoy el concepto de “peligrosidad” es debatible y lombrosiano, y una persona en esas circunstancias debe ser atendida en crisis y por estadías cortas, como dice la Medida Cautelar MC-370-12. ¿Qué tal si se institucionalizara solo excepcionalmente y por poco tiempo a quienes realmente lo necesitan, en lugar de meter allí a cualquiera que el sistema no sabe atender? ¿No sería mejor descentralizar la atención en salud mental y ampliar el concepto de salud mental comunitaria, promoviendo procesos de organización y autogestión en las comunidades? ¿Y si se generaran las condiciones de un desarrollo digno para todos, con el fin de que la desnutrición, la falta de salud, las violencias o la falta de educación no terminaran condenando a tantos a un hospital de salud mental que nunca habrían necesitado? ¿Y si los privados de libertad se fueran a un lugar aparte y no al Hospital de Salud Mental, donde ponen en riesgo al resto de pacientes? ¿Qué tal si se construye un sistema nacional de salud mental con pertinencia cultural y lingüística, que brinde también atención diferenciada a mujeres, niños, niñas y adolescentes, y a población LGBTIQTT+?

Tengo frente a mí una iniciativa de ley nacional de salud mental que está por pasar en el Congreso sin que muchos expertos en la materia la conozcan o hayan opinado al respecto. Esto, pese a que en la página de Copredeh sobre medidas cautelares dice que “para mayo de 2017 se estaba avanzando en la construcción participativa de una propuesta de Ley Nacional de Salud Mental”. La he compartido con varias personas expertas y todas coinciden en que la iniciativa parece responder más a las medidas cautelares impuestas al Estado de Guatemala que a la necesidad de construir un sistema nacional de salud mental con enfoque de derechos, que promueva y amplíe el concepto de salud mental comunitaria, que especifique mejor el rol de la promoción y la prevención de la salud mental, y ponga énfasis en la inclusión de la salud mental en la atención primaria en salud de todo el país, entre muchas otras cosas que no están contempladas. Bien lo decía la misma locura, personaje en la obra de Erasmo de Rotterdam: “Y, en fin, ¿a qué conduciría el convertirme con una definición en imagen o fantasma, cuando me tenéis presente ante vosotros mirándome con los ojos?” Frente a nosotros hay una oportunidad de hacer algo muy distinto para la salud mental en Guatemala. Locura sería no hacerlo.