Al grano
En recuerdo de Armando
Su entrega de toda una vida a la formación superior es un legado formidable.
Creo que es importante dejar otro testimonio sobre la persona del profesor Armando de la Torre. En Guatemala son relativamente escasos los intelectuales que pueden dedicar de lleno su vida a la labor académica, y los que lo hacen con excelencia y entrega plena, dejan una huella profunda. Y, rememorando lo que pude apreciar por muchos años, el profesor De la Torre sí que la ha dejado.
Estudió y enseñó a profundidad el ideal político de la libertad bajo la ley y el mercado abierto.
Armando era un erudito. Pero no creo que fuera eso lo que caracterizaba sus conferencias, sus clases o sus conversaciones. Era la facilidad con la que enlazaba ciertos acontecimientos históricos con el nacimiento de algunas ideas que, siglos después, tomaban cierta forma en la vida de una sociedad distante en el tiempo y el espacio. Una sociedad en la que apenas unos pocos eran conscientes de cómo y cuándo las semillas de una creencia, una institución o una tradición se habían sembrado.
Uno de sus temas preferidos era cómo en la Civilización Occidental, durante la Edad Media, el conflicto entre “la cruz y la espada” se resolvió de manera peculiar. Cómo en otras civilizaciones ese conflicto no terminó en una separación de la iglesia y el Estado, sino en otro tipo de desenlaces que hicieron toda la diferencia. Pero no solo describía los acontecimientos y a sus protagonistas, sino por qué se presentaron esas características diferenciadoras que marcaron el destino de millones de personas al correr de los siglos.
Pero también se interesó por el derecho y la economía, y por las relaciones entre el uno y la otra; impartía varios cursos sobre filosofía social y hasta de religiones comparadas. Sus artículos de prensa eran elegantes y llenos de matices históricos y reflexiones filosóficas. Le apasionaba aprender y, sobre todo, enseñar. Disfrutaba compartiendo lo que sabía y entendía y “contagió” a no pocos discípulos suyos del amor por el saber.
Otra de las dimensiones de su vida intelectual y, debe añadirse, de sus sentimientos, era su pasión por la libertad. Del lado de sus sentimientos, el dolor de haber visto a su querida Cuba sufrir las consecuencias de la revolución castrista y languidecer hasta arruinarse bajo uno de los autoritarismos más crueles e inexplicables de los últimos sesenta años.
A nivel intelectual, su casa fue la Universidad Francisco Marroquín y allí estudió y enseñó a profundidad sobre el ideal político de la libertad bajo la ley y la virtualidad fecunda de los mercados libres. Dominaba los elementos que hacen falta para que pueda configurarse un Estado de derecho y cómo un estado de legalidad, con leyes hechas a la medida y la manipulación de las instituciones por grupos de interés no era más que una caricatura de ese estado de cosas en que unos tribunales verdaderamente independientes van construyendo, sentencia a sentencia, el edificio del derecho privado y en el que un parlamento representativo organiza las instituciones necesarias para hacer valer la ley y el orden en torno a un servicio civil profesional e independiente de la política partidista. A nivel personal, era noble y alegre, generoso con su tiempo, su recurso más valioso. Llevaba en la sangre la vivacidad de un caribeño, si bien había vivido en los Estados Unidos y Europa, y en Guatemala más que en ningún otro sitio. No me cabe duda de que llegó a querer a esta tierra y a sus gentes como si fuera propia y, según creo, su entrega a la formación superior de tantos jóvenes y adultos es un legado formidable que prolongará su existencia en nuestra memoria.