Escenario de vida

En vísperas de Semana Santa démosle cabida a los ángeles

Vida Amor de Paz vidanicol@gmail.com

Publicado el

Hace unos años, por los días de Semana Santa, veníamos del puerto cuando se nos pinchó una llanta en plena noche. Estábamos en una carretera desolada y peligrosa y los números de celulares que marcábamos para pedir auxilio no contestaban. Llevábamos una llanta de repuesto, pero no teníamos tricket y al estar muy abrumados nos pusimos a hacer señas a los ocupantes de los carros para que pararan a ayudarnos.

Pero nada. Pasó el tiempo y ni los pilotos de Toyotas Prados, BMW´s, Mercedes, Suburbans, Hiunday´s o Audis que transitaban velozmente se compadecían de nosotros. Por fin, el picop más destartalado que jamás había visto en mi vida se detuvo. Un joven de ropa humilde bajó del vehículo muy sonriente, pero para infortunio nuestro tampoco llevaba tricket. Preocupado de que no nos pasara nada, se quedó con nosotros cuidándonos y en espera de encontrar otra alma caritativa que quisiera detenerse para ayudarnos.

Siguieron pasando vehículos costosos a toda velocidad, pero o no se detenían por temor a ser asaltados o pasaban de largo por simple indiferencia. Sin embargo, por fin paró otro vehículo que parecía estar en peores condiciones que el primero. De él fueron bajando el padre y la madre, con una retahíla de niños y jóvenes que todavía me pregunto cómo se habían acomodado en tan pequeño carro. Un aprendiz de mecánico descendió del mismo, y entre él y el primer piloto se pusieron diligentemente a cambiar nuestra llanta, sin esperar nada a cambio. Esta actividad poco a poco se convirtió en una amena tertulia que disfrutamos con todos los miembros de la familia. Pronto se despidieron deseándonos todo lo mejor.

Otra historia conmovedora fue la de mi amigo Alberto de Aragón. Hace años él conducía su vehículo hacia Honduras, acompañado de una colega que le había recalcado que no recogiera a nadie en el camino. Pronto se les apareció un anciano que pedía jalón en el momento en que arreciaba la lluvia. Lo lógico para muchos hubiese sido pensar que se trataba de un atraco y, por ende, no parar a rescatarlo.

Sin embargo, Alberto hizo caso omiso de la recomendación de su amiga y recogió al anciano. Después de varios kilómetros, el viejecillo le pidió a Alberto que se desviaran a la derecha, pues si continuaban en la carretera caerían a un precipicio. Antes de llegar a ese punto, el anciano también pidió bajarse en unos matorrales. Cualquiera hubiese pensado que se trataba de una emboscada.

Sin embargo, Alberto confió en el anciano y se desvió siguiendo sus instrucciones. Más tarde supo que la recomendación del anciano le había salvado la vida. Viendo las noticias de esa noche, los tripulantes de otro vehículo habían caído en un precipicio precisamente en ese mismo lugar y habían muerto. ¿Cómo sabía el anciano que la carretera les guiaría a un precipicio? Otra compañera que escuchó la historia de Alberto se quedó estupefacta porque en años pasados ella había sufrido lo mismo en esa misma carretera. Un anciano que se le apareció también la había salvado de caer en el precipicio.

A estos casos los podríamos llamar milagrosos, pero en el caso de Alberto, no se hubiera dado si su calidad humana en querer ayudar a un anciano no hubiese estado presente. Quienes salen muchas veces a rescatarnos pueden parecer sospechosos, pero puede tratarse de ángeles. Escuchemos nuestras intuiciones y abramos nuestro corazón. Estamos en vísperas de Semana Santa, démosle cabida a los ángeles y no perdamos la capacidad de ser bondadosos e intuitivos para con nuestros semejantes, tal y como nos lo enseñó nuestro Señor Jesucristo.