La buena noticia

Esperanza en el camino

Víctor Manuel Ruano pvictorr@hotmail.com

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Durante la Cuaresma la mirada de las comunidades eclesiales está puesta en Jesús de Nazareth, quien, del desierto en su lucha contra Satanás, el domingo pasado, (Marcos 1, 12-13), ahora está en lo alto de una montaña, bellamente transfigurado y acompañado de Moisés y Elías, también de sus discípulos Pedro, Santiago y Juan. (Marcos 9, 2-10). Contemplarlo así infunde esperanza para el camino de aquellos discípulos y para nosotros hoy, cuando las mafias y la dictadura de los corruptos cooptan la justicia.

Ante los hechos dramáticos de su muerte violenta en Jerusalén, el relato de su transfiguración constituye un momento clave para comprender el significado de su vida y de su misión. Aunque sus discípulos no lo comprendan, a pesar de haberlo explicado.

Un amplio sector de la población, manipulado por las élites religiosas, políticas, militares y sociales de ese momento pedirán a gritos su muerte, mientras esas mismas facciones pondrán en marcha una gran confabulación, que tendrá como resultado su condena a la muerte como un delincuente.

El relato de la Transfiguración arroja una luz de esperanza en medio de aquella maraña oscura que lo harán “padecer mucho, ser rechazado y sufrir la muerte”. Las fuerzas del mal actuarán por medio de “los ancianos, los sumos sacerdotes y los letrados”, (Marcos, 9, 31), instancias que estaban destinadas en principio a promover el bien de la población, pero se habían convertido en estructuras de muerte al servicio del poder establecido, causante del enorme sufrimiento de la gente y ahora se disponían a condenar injustamente a uno de los hombres más buenos, compasivo y solidario que ha tenido el planeta Tierra, y en quien se manifestó plenamente el Dios verdadero. En él Dios se hizo ser humano.

La clave para no quedar atorado en esa dinámica de corrupción y muerte impulsada por las elites es no quedarse parados en lo alto del monte:” ¡Qué bien se está aquí!”, sino bajar y enfrentar esa realidad deshumanizante, “escuchando” al Hijo amado del Padre, que es portador de buenas noticias para tener la fortaleza y la inspiración que permita asumir la vida con esperanza y de modo amigable.

“En el actual contexto de preocupación en el que vivimos y en el que todo parece frágil e incierto, hablar de esperanza podría parecer una provocación”, dice el Papa en su Mensaje para la cuaresma de este año. Este tiempo “está hecho para esperar, para volver a dirigir la mirada a la paciencia de Dios”.

“En la Cuaresma, estemos más atentos a “decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan”, en lugar de “palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian”, Fratelli tutti, 223). A veces, para dar esperanza, es suficiente con ser “una persona amable, que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en medio de tanta indiferencia” (ibíd., 224).

Esa es la luz de esperanza que llega del evangelio de este domingo para fortalecer la vida de un pueblo que lucha por su dignidad.