Construyendo ideas

Estamos normalizando vivir con miedo

El verdadero triunfo del crimen no ocurre únicamente cuando logra cometer un delito. Ocurre cuando modifica la manera en que vive toda una sociedad.

Hay noticias que hace algunos años hubieran paralizado al país entero. Hoy apenas sobreviven unas horas antes de perderse entre la siguiente crisis, el siguiente escándalo o la siguiente polémica en redes sociales.

Un sistema que pierde confianza comienza a pudrirse desde adentro.

Un secuestro.

Una extorsión.

Una desaparición.

Una llamada intimidante.

Una familia viviendo con terror.

Y aun así, seguimos adelante como si poco a poco nos estuviéramos acostumbrando.

Ese quizás es el riesgo más peligroso que enfrenta Guatemala: que el miedo deje de indignarnos y empiece a parecernos normal.

Porque el verdadero triunfo del crimen no ocurre únicamente cuando logra cometer un delito. Ocurre cuando modifica la manera en que vive toda una sociedad.

Padres que ya no dejan salir solos a sus hijos.

Personas que cambian rutas todos los días.

Comerciantes que aprenden a convivir con amenazas.

Ciudadanos que dejaron de contestar números desconocidos por temor a una extorsión.

Y quizás lo más grave: personas que ya ni siquiera denuncian porque sienten que hacerlo no sirve de nada.

Cuando una sociedad pierde la confianza, el crimen gana terreno.

Las estructuras criminales entendieron hace tiempo algo que el país todavía se resiste a aceptar: las instituciones débiles generan oportunidades. Por eso ya no solamente buscan controlar territorios o cometer delitos desde la clandestinidad. También intentan acercarse silenciosamente a espacios donde existe autoridad e influencia.

Allí es donde Guatemala debe abrir los ojos.

Toda institución de seguridad necesita mucho más que armas, patrullas o uniformes. Necesita legitimidad. Necesita que la población crea que quienes tienen la responsabilidad de proteger al país llegaron allí por capacidad, esfuerzo y vocación de servicio.

Porque cuando empieza a crecer la percepción de que las oportunidades dependen de favores o intereses ocultos, se destruye algo fundamental: la confianza.

Y un sistema que pierde confianza comienza a pudrirse desde adentro.

La mayoría de hombres y mujeres que sirven al país lo hacen con sacrificio y honestidad. Miles de agentes salen todos los días a trabajar arriesgando su vida por personas que ni siquiera conocen. Precisamente por respeto a ellos, Guatemala no puede permitirse normalizar prácticas que manchen la credibilidad institucional o alimenten dudas sobre la transparencia de ciertos procesos.

Porque allí es donde el crimen organizado encuentra espacio para crecer.

No siempre necesita infiltrarse con violencia. A veces le basta aprovechar silencios, favores y redes de complicidad que terminan erosionando lentamente la confianza ciudadana.

Y cuando la ciudadanía deja de confiar, deja también de colaborar.

La gente deja de denunciar.

Deja de hablar.

Deja de creer.

Ese silencio tiene consecuencias enormes.

Cada llamada que no se hace.

Cada irregularidad que se tolera.

Cada ciudadano que decide callar por miedo o resignación.

Todo eso fortalece precisamente a quienes viven de intimidar a la sociedad.

Por eso combatir la inseguridad no puede reducirse únicamente a más operativos, más capturas o más discursos políticos. La seguridad también se construye defendiendo la integridad de las instituciones y evitando que la corrupción, el miedo o las influencias terminen abriéndole la puerta al crimen organizado. Porque el miedo no solamente encierra personas. También debilita instituciones, destruye confianza y abre espacio para que el crimen avance sin resistencia. Y ningún país sobrevive mucho tiempo cuando su población empieza a creer que vivir con miedo es normal.

ESCRITO POR:

Pedro Cruz

Ingeniero Industrial y magíster en Mercadeo Global Analista político. Emprendedor de iniciativas para el desarrollo de Guatemala

ARCHIVADO EN:

'; $xhtml .= '